miércoles, 26 de julio de 2017

Capitulo 33 "Cerca de la salvación"

El parlanchín pensó con amargura que habían llegado al final. Nadie podría pedir más de la resistencia humana. Aquello era el fin de su valeroso esfuerzo, de los deseos, amores y alegrías. Terminaría sus días en el mar, siendo pasto de los peces. Los infortunados restos de su cuerpo se hundirían en las profundidades y terminaría en el desolado fondo del mar. Con un último vestigio de humor, se dijo que a las honras fúnebres asistiría un impresionante número de mujeres apenadas, dignas, todas ellas.
El pequeño bote estaba, literalmente, haciéndose pedazos. Con cada ola que lo golpeaba, la grieta del fondo se hacía un poco mayor. Las maderas le mantendrían en la superficie de las aguas, pero cuando el fondo se rompiera definitivamente y las distintas piezas de la embarcación se desparramarán, acabaría en el agua, aferrados a los restos del naufragio y expuestos al ataque de los omnipresentes tiburones.
Por el momento el mar estaba en calma, las olas se elevaban tan sólo un metro; pero si el tiempo empeoraba súbitamente y el mar se agitaba un poco, la muerte haría algo más que mirarlos a los ojos. La vieja de la guadaña le abrazaría con rapidez y sin más vacilaciones.
El hombre estaba inclinado sobre el timón de popa, escuchando el ya familiar sonido del agua entrando. Sus intensos ojos verdes, enrojecidos e hinchados, otearon el horizonte. El globo del sol matutino aparecía ya amarillo resplandeciente. Sin esperanza, su mirada buscó un promontorio de tierra que se alzase frente al despejado horizonte del mar que los rodeaba. Su búsqueda fue en vano: ni barcos, ni islas; salvo por unas cuantas nubes dispersas a unos kilómetros, el mundo que le rodeaba estaba tan desierto como las llanuras de la Luna. La balsa no era más que un minúsculo punto en el inmenso océano.
Habían pescado peces suficientes como para abrir un restaurante, por lo que el hambre no constituía problema. Sus reservas de agua, si lograba conservarlas, le duraría otros seis o siete días. Lo que estaba dejándolo exhausto era la fatiga y la falta de sueño, pues debía estar achicando agua constantemente para mantener el bote a flote. Cada hora que pasaba era un suplicio. Como no tenía cuencos ni botellas u otros tipos de vasijas, había estado sacando agua de la barca con las manos.
Al principio, trabajo en turnos de cuatro horas. Trabajó duro, combatiendo la rigidez que contrajo sus articulaciones y le produjo fuertes dolores musculares.
Pero la grieta se hizo mayor y el agua entró a raudales en la barca. El mar se abría paso cada vez más deprisa… Entendió que el fin estaba cerca y no existía la menor posibilidad de recibir auxilio, así que, poco a poco, fue perdiendo ánimos y tenacidad.

Con resignación, retornó a su actividad, trabajó incansablemente, devolviendo al mar litros de agua.
Sólo Dios sabía qué le movía para seguir adelante. Debía de tener la espalda y los brazos destrozados. Su férrea voluntad de aguantar rebasaba con mucho los límites humanos.  Era un hombre excepcionalmente fuerte, sabía que nunca aceptaría la derrota.
Entrecerró los ojos. Lentamente, se dio la vuelta y miró. Después de horas de contemplar el sol para calcular dónde se hallaban y de sufrir los efectos del reflejo de la luz solar en el agua, tenía los ojos tan fatigados que sólo podía mirar a lo lejos por unos segundos y cerrarlos de nuevo para descansar. Echó un breve vistazo por encima de la proa, pero sólo vio olas azules.
Una mezcla de esperanza y desesperación hizo que se incorporara sobre las rodillas agarrándose. En ese momento el bote coronó la cresta de una ola y, por un instante, contempló sin obstáculos el horizonte… No había ninguna isla con palmeras.
Por primera vez, él vio el pájaro que sobrevolaba el bote, con las alas extendidas, planeando a merced del suave viento. Hizo visera con las manos y miró el animal. Debía de medir un metro y tenía las plumas verdes con pintas pardas y la parte superior del pico curvada y puntiaguda; parecía un pariente bastante feo de la familia de los papagayos.
Era un kea, la misma clase de pájaro que condujo a otros antepasados a las islas. Según los marinos que surcan las aguas del sur, el kea señala la ruta hasta los puertos seguros.
Atento miraba los movimientos del kea. El pájaro planeaba como si estuviera descansando y no intentó aproximarse a la balsa. Luego, como si ya se hubiese recuperado, aleteó en dirección sur. Inmediatamente, miró para averiguar el rumbo del kea, al que no perdió de vista hasta que se convirtió en un punto en la distancia y al fin desapareció.
Los papagayos no son aves acuáticas como las gaviotas o los petreles, que se aventuran hasta alta mar. Pensó que tal vez el animal se hubiera perdido, pero no le pareció posible. Se trataba de un ave que gustaba de cerrar sus garras sobre algo sólido, y sin embargo no intentó posarse en la balsa. Eso significaba que no se encontraba fatigado de volar guiado por el instinto hacia algún desconocido lugar de apareamiento. Aquel pájaro sabía muy bien dónde estaba y hacia dónde se dirigía… Quizá, sólo quizá, se encontraba a mitad de camino entre dos islas. Estaba seguro de que el kea podía divisar algo que él, desde la dilapidada balsa, no podía ver.
Se desplazó hasta el principio de la balsa y, apoyándose en ella, se puso en pie, sujetándose bien con ambas manos para evitar ser lanzado por la borda. De nuevo entornó los párpados hinchados y miró hacia el sureste.
Ya estaba familiarizado con las formaciones nubosas que, situadas sobre el horizonte, producían la sensación de ser masas de tierra sobre el agua. Demasiadas veces las caprichosas formas de las distantes nubes le habían hecho albergar esperanzas que luego habían resultado vanas.
Pero esa vez fue distinto. En el horizonte una solitaria nube permanecía inmóvil mientras otras se alejaban. Estaba ligeramente elevada sobre el mar y no parecía poseer una masa sólida. No se veía rastro de vegetación, porque la nube estaba formada por el vapor que se alzaba de la arena caldeada por el sol antes de condensarse en capas más altas de la atmósfera.
Sin embargo, contuvo su alegría y entusiasmo, ya que la isla se encontraba aún a cinco horas largas de distancia. No había la más mínima posibilidad de llegar a ella, no lo conseguiría, aunque tapase la brecha y permitiera que el mar no anegase el bote. Pero inmediatamente sus maltrechas ilusiones cobraron de nuevo fuerza, porque vio que no se trataba de la cima de un monte submarino surgido como consecuencia de miles de siglos de actividad volcánica y cuyos montes y valles estaban cubiertos por una exuberante vegetación. Aquélla era una roca baja y plana sobre la que crecían algunos árboles que, de algún modo, habían logrado sobrevivir a pesar del clima de esa zona situada al sur del trópico.
Los árboles, claramente visibles, se apiñaban en las pequeñas zonas de tierra que había en los intersticios de las rocas. Vio que la isla estaba mucho más próxima de lo que parecía a primera vista; se encontraba a unos ocho o nueve kilómetros de distancia. Las copas de los árboles parecían una tupida alfombrilla extendida sobre el horizonte.
Determinó la posición de la isla, que se hallaba en la dirección que había seguido el kea. Inmediatamente verificó las direcciones del viento y la deriva y calculó que las corrientes los conducirían hacia el extremo norte de la isla; así pues, debía corregir ligeramente su rumbo hacia el sureste. Hacia estribor.

La maltrecha balsa apuntaba su quilla hacia la pequeña isla situada a unos cuantos kilómetros de distancia. Al fin los dotes de navegante habían sido recompensadas.
Había olvidado la ofuscaste fatiga y el paralizador agotamiento, se encontraba en un estado en que ya no eran el mismo, en una zona psicológica en que el esfuerzo y el sufrimiento carecían de significado. Daba igual que su cuerpo fuera a pagar luego una amarga factura de agónicos sufrimientos, lo importante era que su determinación y su negativa a aceptar la derrota los ayudase a salvar la distancia que separaba el bote de la orilla. Era consciente del dolor que torturaba sus hombros y su espalda, pero el malestar quedaba difuminado en su mente, como si sus tormentos los estuvieran padeciendo otros.
El viento, impulsaba el bote en dirección al solitario promontorio del horizonte. Pero el inexorable mar no tenía intención de soltar su presa. La corriente lo arrastraba hacia dentro, tratando de enviarlo de vuelta a la inmensa desolación del océano abierto.
—Creo que me estoy desviando —pensó temeroso
Mirando hacia adelante y sin dejar de achicar agua con las manos, no quitaba ojo a la tierra cada vez más cercana. Al principio creyó que se trataba de una sola isla, pero cuando se halló a unos dos kilómetros comprobó que se trataba de dos. Un brazo de mar de unos doscientos metros de ancho las separaba. También advirtió que lo que parecía ser una corriente de mar discurría por entre la separación de ambas islas.
Por las ondas que hacía el viento sobre la superficie del agua y por la forma como impulsaba la espuma en el aire, supo que la brisa había cambiado y favorecía el curso que pretendía seguir, impulsando el bote en un ángulo más agudo a través de la hostil corriente. Aquello era una ventaja, pensó optimista, como también lo era el hecho de que en esas zonas meridionales el agua estuviera demasiado fría para permitir la formación de arrecifes de coral, pues, de existir, hubieran desgarrado y hecho pedazos el bote.
Mientras luchaban contra el agua que pretendía invadir el bote, percibió un rumor que se hizo más y más fuerte. Interpreto que ese peculiar sonido se debía a las olas rompiendo contra los riscos. Las olas, potenciales asesinas, arrastraban el bote hacia la catástrofe. La alegría del náufrago ante la perspectiva de estar a punto de poner pie en tierra firme se convirtió en temor de ser hecho pedazos por las aguas agitadas.

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Los gallos y la luz del alba empezaron a desperezarme. Notaba pinchazos en mis piernas y brazos y a pesar del seco y duro jergón mi sueño había sido reparador. A pesar de los chinches que correteaban con total libertad por la sucia paja que rellenaba mi cama no podía sentirme mas cómodo. Aquello para mí era un lujo digno de un rey, después de dormir en el duro y frío suelo y teniendo como manta el cielo, los sonidos y aullidos de los animales salvajes que merodeaban cerca de mí.
-Venga, holgazán es hora de ganarse el pan.
Era Fernández con una pinta horrible y una terrible resaca. Seguramente nuestro misterioso mecenas le había dado buenos dineros para gastar en vinos y busconas. Me levante todavía algo acarajotado. Me llevo ante una tosca mesa donde otros muchachos comían como lebreles dando buena cuenta de un pan negro reseco y duro como un pedernal y un queso rancio. Me senté a la mesa mientras el resto de los comensales me ignoraban y seguían en su labor alimenticia. De repente se quedaron parados mirándome con los ojos bien abiertos y temerosos dejaron de comer. Yo tan ufano pensé que era debido a mi presencia y a la fechoría de la noche anterior. Cuando una mano enguantada se posó sobre mi hombro.
-Vaya, vaya. Aquí tenemos a nuestro héroe.
Intente disimular mi temblor.
-Pero come, come. No seas tan humilde. Los hombres como nosotros no debemos mantener las normas ante los inferiores.
Mientras comía miraba de reojo a “los inferiores” como convidados de piedra miraban sin pestañear a su señor.
Apuré todo lo que pude y lo que permitió mi dolorido estómago.
-Claro está que entre iguales necesito que me hagas un favor.
Me levanté de la silla como si quemase y me puse de pie enfrente de aquel hombre.
Entonces saco una daga tan rápido que apenas pude pestañear. La puso a la altura de mi cuello y sentí su cálido aliento en mi cara.
-Vete lejos, bien lejos de aquí. No quiero volver a verte. La próxima vez que te vea serás juzgado y condenado. Tu cuerpo expuesto en la plaza para que te escupan, se orine y te tiren frutas podridas. Y luego acabaras colgado para ser comida para los cuervos y lo que quede de ti tirado a los perros.  Ahora que por desgracia mi buen amigo y compañero Dumas de Manqueda ha muerto. 
Paro un momento de hablar me miro y respiro hondo. Puso rostro compungido y apenado como si aquello le afectase.
-Alguien debe relevarle en su puesto. Yo me sacrificare y tomare su testigo
Con un movimiento teatral me miro y se puso su elegante sombrero. Fijo su mirada en mi con sus ojos glaciales y una voz cavernosa salió de su boca.
-Espero que cuando vuelva no estés en mi reino. Y ahora si me disculpas debo ir a un funeral.
Y acto seguido se giró y se marchó.
Apenas hubo desaparecido su sombra unos manos fuertes me cogieron y me vi volando cual avutarda. Acabando mi trayectoria al chocar contra un muro. Mi cuerpo era un amasijo retorcido y dolorido de carne y huesos. Mientras, no dejaba de ver estrellas en mi dolorida cabeza. Intente ponerme en pie, pero me mareaba y mis piernas flojeaban y no respondían. Una gota cayó sobre mí y mire al cielo. Un cielo negro y cubierto como mi alma se extendía sobre el lugar. Las gotas fueron haciéndose mas seguidos y al momento una incesante cortina de agua mojaba mi maltrecha persona. Huelga decir que sirvió para despejarme todo mi ser.
¿Y ahora que podía hacer? No podía pedir ayuda a Dumas. Si me descubrían sería el fin. Y disfrazarme sería peligroso. ¿Cómo conseguir informar a mi protegido del giro de los acontecimientos? No tenía un plan, no tenía un truco o treta. Debía esconderme y pensar.
El pequeño escorpión clavaría su aguijón en su momento. Ahora la lluvia seria mi consuelo y el hambre mi anhelo para forjar mi ansiada venganza.
 Continuara...

domingo, 14 de febrero de 2016

Capitulo 32 "Naufrago"

Al despertar, pensé que estaba en el fondo de un insondable pozo o en las profundidades de una oscura caverna subterránea. Desesperadamente, intente encontrar a tientas la salida, pero fue como andar por un laberinto. Creía que me encontraba prisionero en una pesadilla, condenado a vagar eternamente en un dédalo de sombras y, de pronto, por un brevísimo instante, vi brillar una luz a lo lejos. Tendí la mano hacia ella y vi cómo se convertía en unas oscuras nubes diseminadas por el cielo.

Aleluya, Lázaro regresó de entre los muertos. Aunque, por la tormenta que se avecina, lo hace justo a tiempo para morir otra vez.-dije como si alguien estuviese conmigo.
Al recuperar plenamente la conciencia deseó regresar de nuevo al sombrío laberinto. Me dolía todo el cuerpo, como si, de la cabeza a las rodillas, tuviera rotos todos los huesos. Intente incorporarme, pero no pude y lanze un gruñido de dolor.
Quizás si me quedo quieto me dolerá menos.-pensé.
Será una vida breve. Me encuentro en el camino de un tifón. Al contemplar las oscuras nubes y los ígneos trazos de los rayos, seguidos por el rumor del trueno, me  siento profundamente descorazonado. El margen entre la vida y la muerte tenía el grosor de un papel de fumar. El sol ya estaba oculto y el mar había adquirido un tono grisáceo; en pocos minutos el pequeño bote sería engullido por la tempestad.

 Mientras registraba un pequeño compartimiento que había bajo un asiento. Encuentro una vieja tela sucia y arrugada y algunos clavos oxidados. Me tumbo en el suelo del bote. Me espera un viaje agitado.  Echó un último vistazo a las amenazadoras olas que hacían cabecear el bote, produciendo la sensación de que el horizonte subía y bajaba. El aspecto del mar era terrible y bello a la vez. Los rayos cruzaban las nubes negras, mientras los truenos rugían, como el lejano redoblar de mil tambores. La tormenta no tuvo piedad. En menos de diez minutos la galerna me alcanzó con toda su fuerza, acompañada de una lluvia torrencial, un diluvio que ocultó el cielo y convirtió el mar en un hervidero de blanca espuma. Las gotas, impulsadas por un viento que aullaba como un millar de almas en pena, me golpeaba con fuerza.
Las crestas de las olas, coronadas de espuma, se alzaban tres metros por encima de mi. Rápidamente, crecen hasta alcanzar los siete metros, cayendo sobre el bote desde todas las direcciones. El viento aumenta su ululante fuerza y el mar redobla los azotes contra la frágil embarcación y su pasajero. El bote se agita y retorcía al subir a las crestas de las olas y caer luego entre sus senos. No existían límites claros entre el aire y el agua, es  imposible discernir cuándo estoy en la superficie y cuándo  en las profundidades.
Milagrosamente el bote, evita que el mar embravecido lo vuelque y me arroje a las mortíferas aguas de las que hubiera sido imposible regresar. Las olas grises se abalanzaban sobre mi e inundan el interior del bote de borboteante espuma, empapándome hasta los huesos; pero, gracias a ello, el centro de gravedad de la balsa se hundía más y le confería una mayor estabilidad. Los traqueteos y las subidas y bajadas agitaban el agua del interior del bote. En cierto modo, el reducido tamaño del bote era una ventaja. A pesar de la violencia de la tempestad, el casco era fuerte y no se haría pedazos.Pasaron veinticuatro minutos que parecieron veinticuatro horas. Me costaba creer que la tormenta no hubiese terminado ya conmigo. No había palabras para describir la angustia que estaba sufriendo.
Los incesantes aludes de agua inundaban el bote, y  tosía y jadeaba hasta que el bote era impulsado de nuevo hacia arriba, hacia la cresta de la siguiente ola. No era necesario achicar, pues el peso del agua del interior ayudaba a evitar que volcara. Tan pronto me encontraba sujetándome con fuerza para evitar que la barca se levantara, como descendiendo vertiginosamente hasta el seno de la siguiente ola y esforzándome para no salir lanzado del bote.Mientras empujaba con los pies los costados del bote para conseguir una mejor sujeción. Si  caía al agua, no habría posibilidad de rescate; nadie podría sobrevivir en medio de ese torturado mar. La lluvia torrencial reducía la visibilidad, y si caía, me perdería inmediatamente de vista.
 Pensé que había dos clases de hombres: los que se dejaban vencer por el miedo al ver al diablo esperándolos y también los que se dejaban dominar por la desesperanza y consideraban que el diablo podía ser un alivio de las miserias terrenas. Yo ya no pertenecía a ninguna de esas dos clases.  Podía mirar de frente al diablo y escupirle en la cara.
 Haciendo caso omiso de los frenéticos azotes de las monstruosas olas, no esperaba el fin, ni que me consideraba indefenso ante las furias del mar. Contemplaba con extraña y remota mirada las masas de agua y espuma que se abatían sobre mi. Parecía como si me encontrara cómodamente arrellanado en mi hogar, pensando en otras cosas. Por graves y apuradas que fueran las circunstancias,  el mar, era mi elemento. Como lo fue de mi difunto padre.
Las sombras cayeron y al fin pasaron. Fue una terrible, aparentemente inacabable noche. Estaba aterido de frío y empapado. El helor me cortaba las carnes como un millar de cuchillos. El amanecer alivió el martirio de oír y sentir las olas, pero no poder verlas. Cuando el sol asomó por entre las convulsas nubes,  seguía milagrosamente con vida. Había ansiado el amanecer, pero cuando al fin llegó lo hizo teñido de un extraño color gris que iluminó el despiadado mar. Pese a la salvaje turbulencia, la atmósfera era sofocante y opresiva, una salina manta bajo la que se hacía casi imposible la respiración. El paso del tiempo carecía de toda relación. No era, ni con mucho,  optimista. Sabía que mis energías  estaban menguando. Los peores enemigos eran las invisibles amenazas de la hipotermia y la fatiga. Terminaría cediendo: o la violencia de la tempestad o su resistencia. La lucha había sido desesperada y el agotamiento me estaba envolviendo. Sin embargo, me resistía a darme por vencido. Me aferraba a la vida, haciendo pleno uso de toda su capacidad de aguante, soportando con tenacidad los embates de las olas, pero consciente de que mi última hora se aproximaba con rapidez.


Al anochecer el viento amainó y el mar se calmó. Aunque  lo ignoraba, el tifón había cambiado su curso. La velocidad del viento descendió . La furia del mar se redujo, de forma que las olas alcanzaban una altura máxima de tres metros. El diluvio se había convertido en una llovizna que apenas era una tenue niebla que flotaba sobre las apaciguadas olas. En el cielo, sin poder adivinar su procedencia, apareció una gaviota que sobrevoló el pequeño bote, gritando como si le sorprendiera verme aún a flote.
Al cabo de una hora, desaparecieron las nubes y al viento apenas le quedó fuerza para impulsar una barca. Parecía como si la tormenta hubiese sido un mal sueño que, tras atacar por la noche, se hubiese disipado con la luz del sol. Sin embargo, en mi lucha con los elementos, sólo había ganado una batalla; de momento el mar embravecido y la fuerza cruel del viento no había conseguido arrastrarme a las profundidades marinas.
Me parecía un milagro, un buen augurio. Si estuviera destinado a morir, no habría sobrevivido a esa tormenta. «Si sigo vivo, es por algo», pensé, lleno de esperanza. Tranquilizado por la calma que siguió a la tormenta y extenuado por el esfuerzo, caí en la apatía y en la indiferencia y no tarde en quedar profundamente dormido.
Como herencia de la tempestad, las aguas continuaron algo picadas hasta la mañana siguiente, cuando el mar quedó como una balsa de aceite. La niebla se había disipado y la visibilidad era buena, podía contemplar el horizonte desierto. Ahora el mar se disponía a lograr por el agotamiento lo que no había conseguido por medio de la violencia. Lentamente, fui despertando de mi sueño y me encontré con que el sol, que tanto había añorado, me quemaba ahora inclemente. La esperanza de que en esa desolada parte del mar, no transitada, apareciese de pronto un barco yendo hacia mi era remota, por no decir absurda.
Aunque gracias a un milagro había logrado sobrevivir al tifón, la sed y el hambre terminarían conmigo. Coloque la tela para que pudiera protegerme de los ardientes rayos del sol. La única comida que había en dos mil kilómetros a la redonda eran los peces. Si no lograba atrapar alguno, moriría de hambre. Con la aguja de la hebilla del cinturón, improvise un anzuelo que luego ate a un trozo arrancado de mi raído pantalón. El cual había hecho tiras y sujetado con fuertes nudos.  El problema era que no tenía cebo. En las inmediaciones no había gusanos, ni moscas, ni, desde luego, pedazos de queso. Hice visera con la mano para protegerme los ojos del sol y mire hacia el fondo del mar.
Ya se había reunido un séquito de curiosos bajo la sombra de la balsa. Bancos de peces similares a arenques, no mucho más grandes que el meñique, pasaban coleteando bajo el bote. Reconocí pámpanos, delfines, que no debían ser confundidos con las marsopas, y sus primos mayores, los dorados, con las altas frentes y las largas y policromas aletas coronando sus iridiscentes cuerpos. Un par de grandes caballas nadaban en círculo y atacaban ocasionalmente a algún pez menor. También había un pequeño tiburón, un pez martillo, uno de los más extraños habitantes del mar, cuya cabeza se expandía a lo ancho.
Con tranquilidad tome un clavo y me rebane un pedacito de carne de la parte trasera del muslo. Luego lo pinche en el improvisado anzuelo. Con suerte si conseguía capturar una pieza y con el compartimento que había desclavado y reservado el agua de la lluvia tendría una oportunidad.Me arrodille y sumergí lentamente el cebo humano en el agua. Las caballas nadaron alrededor, pero  levante el cebo para desalentarlas. Algunos de los pequeños peces carroñeros se precipitaron para atrapar el apetitoso aperitivo, pero no tardaron en abandonar la escena cuando el gran pez, advirtiendo la presencia de sangre, fue hacia el cebo. Mientras tiraba del sedal cada vez que el pez se aproximaba. Por suerte su ansia fue su perdición al quedar enganchado en el sedal. Tire con todas mis escasas fuerzas y lo introduje como un poseso dentro golpeándolo hasta que su cabeza quedo destrozada. Tome una clavo y lo abrí en canal. Comí su hígado y su vísceras para saciar el hambre. Después mas tranquilo decidí dosificar aquel nutriente. Recordé que había sal marina impregnada en la tela y me serviría para conservar aquella comida. Otra parte la reserve para preparar mas cebos.Corte la carne en tiras y luego las puse por por todo el bote.Con la noche llegó una extraña calma. La media luna rielaba sobre el mar, dibujando un plateado rastro que se perdía en el horizonte septentrional. Oí los graznidos de un pájaro que cruzaba el cielo estrellado, pero no logre divisar el animal. Después de sufrir el calor del sol, tuve que enfrentarme a las frías temperaturas, frecuentes en las latitudes meridionales. El rítmico golpeteo de las olas contra el bote hizo que me quedara adormilado.La siguiente cuestión que debía resolver era hasta dónde me había arrastrado la tormenta, algo casi imposible de calcular con un mínimo de precisión. Sin embargo estaba seguro de que la tormenta había soplado del noroeste. En cuarenta y ocho horas, podría haberme llevado a considerable distancia hacia el sureste, lejos de tierra firme. Por mi experiencia sabía que las corrientes y los vientos de esa parte del océano tenían una ligera desviación hacia el sureste. Por más que pensara y deseara sobrevivir, y pese a cuanta suerte pudieran tener, lo cierto era que mis posibilidades de volver a pisar tierra firme eran prácticamente nulas.

Cuatro días sin agua. El inclemente calor y la humedad constante me exprimía todo el sudor del cuerpo. El monótono golpear de las olas contra el bote estuvo a punto de enloquecerme hasta que al fin me acostumbre a el. El ingenio era la clave de la supervivencia.Los anales de los naufragios estaban llenos de historias de marinos que murieron de hambre a pesar de estar rodeados de peces, debido a que carecían de la pericia necesaria para atraparlos. Una vez dominado el arte de la pesca  refine el sistema, sacaba peces con el virtuosismo de un pescador veterano. Con una red, habría llenado todo el bote en cuestión de horas. En los alrededores de la pequeña balsa, el mar parecía un acuario. Peces de todas clases escoltaban a los náufragos; los más pequeños y de vivos colores atraían a otros mayores, y éstos, a su vez, a los tiburones, que constituían una permanente molestia, pues embestían constantemente contra la balsa.
Masticar pescado crudo era un viejo y eficaz sistema, descubierto por los náufragos y los primeros navegantes, que proporcionaba a sus desdichados cuerpos algo de humedad. Comían la carne secada al sol, . El pescado crudo, con su aceitoso sabor, no era exactamente una fiesta para el paladar, pero contribuía a disminuir las punzadas del hambre y la sed y me hacía sentir ahíto con sólo unos bocados.

Por el lado oeste habían aparecido negras nubes que avanzaban  a gran velocidad. Al cabo de escasos minutos cayeron gruesas gotas aisladas sobre el bote que no tardaron en convertirse en una lluvia torrencial.

El agua seguía cayendo. Alze el rostro hacia las nubes con la boca abierta para beber y llenarme del precioso líquido. El viento azotaba el mar, y continué disfrutando del cegador diluvio. El agua no tardó en llenar el fondo del bote. El revitalizador chaparrón cesó tan inesperadamente como había comenzado. Apenas se desperdició una gota. El chaparrón y la ingestión de agua insufló nuevos ánimos en mi.
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  El único mal que no tenía remedio era para las llagas de las piernas y la espalda que tenía a causa de los roces continuos con la balsa debido al movimiento de las olas. Por la tarde comenzó a soplar un fuerte viento que agitó las aguas y me impulsó en dirección noreste, a merced de las caprichosas olas. Era como rodar cuesta abajo por una ladera cubierta de nieve metido en una gran tubería, sin el más mínimo dominio de la situación. El viento duró hasta las diez de la mañana del día siguiente. En cuanto las aguas se calmaron, los peces volvieron. Aparentemente furiosos por la interrupción, agitaron el mar y golpearon el bote. Los animales más voraces, los matones de la bancada, se dieron un festín con sus congéneres de menor tamaño. Durante casi una hora, mientras los peces representaban el sempiterno drama de la supervivencia, en el que los tiburones siempre salían triunfadores, las aguas que rodeaban la balsa se riñeron de rojo. Ya llevaba ocho días pilotando la pequeña balsa por el inmenso mar. La luna llena se alzó sobre el horizonte como una gran bola ambarina que, después de cruzar el cielo sobre ellos, disminuyó de tamaño y se tornó blanca. En ese momento vi, surgiendo de las tinieblas, la cresta de una gigantesca ola que se abalanzaba hacia mi. Sentí como si una mano helada me atenazase por la nuca y entonces, tras la primera ola, estallaron otras tres de idénticas dimensiones. La ola se dobló sobre el bote, inundándolo de agua y espuma y alcanzando de lleno el cuarto de estribor, mientras el lado izquierdo de la pequeña embarcación se elevó sobre el agua y el bote se volcó de lado, cayendo de costado en el seno del siguiente muro de agua, que se alzó hasta tocar las estrellas antes de caer sobre mi con la fuerza de un titan. La balsa se hundió bajo las negras aguas. A merced del furioso mar, lo único que podía hacer para seguir con vida era aferrarme fuertemente ; iba a volver a sufrir todo lo sucedido durante el anterior tifón. Si caía al mar, no podría llegar a la balsa, y la única duda era si moriría ahogado o serían pasto de los tiburones.
Cuando el pequeño bote logró salir de nuevo a la superficie, recibió, en rápida sucesión, el violento impacto de otras dos olas gigantes que lo baquetearon en medio de una vorágine de aguas tumultuosas. Volví a verme sumergido, pero cuando salí a flote una vez más, encontré una mar calmado como una balsa de aceite. Las inmensas olas siguieron adelante, perdiéndose entre las sombras. Mire alrededor, sin ver nada preocupante, el bote, aparentemente, estaba intacto. No vi ningún daño que parezca irreparable. Bajo la brillante luz lunar. De nuevo observo el fondo de la balsa y de pronto entendí que mis posibilidades de supervivencia se habían esfumado.
En el fondo del bote se había abierto una gran grieta por la que estaba entrando agua.







Salí de la casa blanco como si yo fuera el cadáver. Enmudecido y ensangrentado. Tenia la mirada vidriosa y en mi mano todavía permanecía como mudo testigo de mi hazaña, mi daga. Como atraído por un imán, me acerque febrilmente al coche del odioso instigador de esta conspiracion. Algo dentro de mi gritaba para que huyese pero a la vez una fuerza me empujaba hacia aquel monstruo instigador. Cada metro que me acercaba sentía una voz que me alertaba. ¡Estas muerto, estas muerto!. Y aun así veía aquella sonrisa traicionera mas cerca.  Ni siquiera podía culparle, ya que su nombre nunca había sido oído, ni nombrado. A pesar de todo reconoceria su fétido aliento allá donde estuviese. Por muchos perfumes y aceites que tocasen su cuerpo aquel hedor no desaparecía. A veces pensaba como un hombre tan elegante y distinguido estaba tan podrido por dentro.
Quedamos frente a frente intentado evitar su ponzoñosa boca.
Me miro sin ningún tipo de sentimiento y una sonrisa helada y terrible me dio la bienvenida.
-Veamos si ya eres todo un hombre.
Chasqueo los dedos y Crutcher y Fernandez parecieron salir de la nada.
La sonrisa desapareció de su rostro mientras hablaba a ambos.
-Aseguraros que todo esta en orden. Hay que ver si nuestro hombrecito sabe cumplir las ordenes.
Los dos secuaces partieron sin dilación a cumplir el deseo del conspirador. Mientras me seguía observando de arriba a abajo calibrando las posibilidades de ver si había tenido los arrestos de hacer mi mandado.
Apenas transcurrieron unos minutos y los dos hombres aparecieron también afectados.
-¿Y bien?.-dijo sin inmutarse mientras se miraba un molesto pellejo que sobresalia de sus cuidadas uñas.
-Eso es un autentico caos....-dijo Cretcher.
El hombre lo miro con ira y cuando estaba a punto de abrir la boca para desencadenar la furia de los dioses Fernandez acabo la frase.
-Esta muerto, muerto. Pero esta todo lleno de sangre, aquello es una autentica carnicería.
El rostro del hombre de nuevo se relajo y me miro de forma paternal.
-Vaya tenemos un ganador. Pasa y sientate conmigo.
Rodee el coche y abrí la portezuela mientras mi acompañante golpeaba el mullido asiento de forma cariñosa para que me sentase a su lado.
-Lo has hecho muy bien, muy bien.-mientras decía esto arranco el molesto pellejo de su uña y lo escupió por la ventanilla.
No se porque yo me sentía como aquel pellejo, cuando no hiciese falta seria eliminado sin la menor duda.

El coche inicio su marcha y el sonido se fue alejando de la habitación del crimen. Poco a poco un hombre fue moviendose hasta asegurarse que no corría peligro. Retiro la ensangrentada sabana y cacheo su cuerpo ileso, soltando un respiro de alivio. Miro debajo de la cama y empezó a arrastrar un bulto. Cuando quedo a la vista no pudo evitar soltar una lágrima. Su perro, su fiel perro aparecía cosido a cuchilladas. El pelo anteriormente brillante ahora estaba sucio y apelmazado por la sangre. Sabia que había sido un acto cruel pero no le quedaba otra opción sacrificar a su amado can para embadurnarse de su sangre para fingir su muerte. Esperaba que algún día su noble amigo le perdonase pero de lo que si estaba seguro que esta muerte no quedaría sin castigo. Ahora ya ponía cara a su enemigo y tenia un chivato entre sus filas. Era hora de preparar su siguiente plan. Preparar las exequias de si mismo. Dumas había muerto pero volveria de nuevo a caminar entre los vivos para saciar su sed de venganza.


Continuara...

domingo, 24 de enero de 2016

Capitulo 31 "Jaque Gris"

La vida me ha golpeado una y otra vez. Zarandeado como a un muñeco de trapo. Pero no he dejado de luchar, me he levantado y he vuelto a caer. Pero no he cejado de levantarme y ofrecer cara mi derrota. Ese ha sido mi código de conducta. Fiel a ese lema he vivido quizás hasta hoy. La máxima de que todo puede ir a peor se ha hecho realidad y me ha escupido a la cara con su frió escupitajo. Hace una hora pensaba que estaba en la peor situación y ahora me doy cuenta que comparado con esto estaba en el paraíso. Me siento abrumado por las circunstancias y...

-Te recordaba mas alto.-dije al Cardenal Gris.
Su  mirada glacial tras la mascara se poso sobre mi. Dandome a entender que èl tampoco disfrutaba con nuestro encuentro. Para èl hallarlo aquí era una contrariedad que debía ser subsanada.
-Y yo...
Entonces mi hermano en un movimiento veloz levanto su mano y cogió la cabeza del prelado y la estrello contra el palo del barco. No se si estaba mas sorprendido por la acción o por la pronta recuperación de mi allegado.

El sonido de un jarrón roto llego a nuestros oídos y una mascara quebrada apareció tras el impacto. El aturdido hombre me miro con cara de incredulidad y sorpresa para luego caer al suelo como un pelele.

-¿Que? Era la única forma de hacerlo callar.- mientras decía esto mi hermano se encogía de hombros y mostrando esa actitud de "yo no hecho nada".

Ahora las cosas se ponían mas feas, un sonido inquietante sonó a la vez. La guardia del desvanecido hombre echaron mano de sus aceros. Abandonaron las vainas mientras rasgaban el aire y apuntaban a nuestros cuellos. Otros hombres apurados arrastraban al infeliz y lo alejaban de nosotros y ponían una muralla de guardas. Nosotros nos mirábamos de hito en hito mientras seguimos con expectación el intento de recuperación. Tras unos momentos de tensión el cardenal pareció volver en si. Desorientado y en estado de shock fue ayudado por sus hombres de confianza. A duras penas se levantaba, ya que volvía a caer. Con gran celeridad un viejo ujier con un negro vestido usado y desgastado en varios sitios acudió con una jarra de agua y un vaso para aliviar al contusionado. Finalmente volvió en si y lo primero que hizo fue mirarme. Mirarme atentamente a los ojos. Y descubrí en los suyos por un instante un miedo, no a mi sino algo muy superior yo lo llamaría terror puro. Y entonces lo comprendi, lo comprendi todo. Sabia su secreto y el sabia que yo también lo sabia. Para corroborar mis sospechas una cadena de oro salio por encima de su pecho y apareció una llave con forma de seis. La misma llave que tenia mi difunto padre con el numero ocho. Ahora sabia porque mi padre era una autentica amenaza y el testigo había pasado a mi. Mi vida no valía ya nada. Mi futuro estaba escrito y era corto. ¿Que podía hacer? Tan solo sabia que ya no volvería a pisar tierra firme. Al menos en vida.
-Despertad a esos haraganes. Es hora de acabar con esta pantomima.
Movidos como por un resorte varios guardias fueron a donde estaban los corsarios junto a Tiburón y los fueron despertando con gritos, puñetazos, empujones y golpes. Entre gritos, bufidos y juramentos la caterva de pendencieros fue despertándose. Tiburón haciendo gala mando a dos guardas del cardenal al matasanos tras un breve encontronazo al despertarle y creerse que eramos nosotros.

El Cardenal Gris iracundo aparto a los hombres  que le protegían y vino a encararse contra mi. Su cara estaba cambiada. Ahora irradiaba ese peligrosa energía que tienen los hombres poderosos cuando quieren venganza y sangre.

Me miro a través de su mascara rota donde se apreciaba una brecha sangrante.
-Hay cosas que cuando se rompen no se pueden volver a unir. Por ejemplo esta mascara.
Después se giro y se acerco a mi hermano que estaba reducido por varios sicarios.
-Creo que lo justo es que tengas el mismo pago que tu me has dado.
Mi hermano intento zafarse ante la solución salomónica que iba a dar el cardenal.

-Tu hermano se vendrá con nosotros.  Y sera llevado a una de las peores minas donde pasara hambre, calor y sed. Y rogara por su muerte. No lo veras mas.
-Ni lo sueñes, faldones.
-Y contigo seré benévolo. Tu fin sera inminente. Va a ser abandonado en medio del océano sin agua, sin comida, ni remos. Sin nada. Quizás tengas una oportunidad con ese viejo y podrido bote.

Mientras decía esto señalo una paupérrima barca en estado lamentable.
-Aquí no viajan barcos. Todos tienen miedo a estos amigos y otros parecidos.
Los aludidos nos miraron y nos regalaron unas sonrisas lobunas como si fuésemos corderos en el matadero.

Intente forzar la situación pero dos forzudos malolientes empezaron a arrastrarme hacia la popa del barco.
-¡¡Hermano, hermano!!!.-grite con todas mis fuerzas. Luchando por soltarme. Todo fue imposible. El suelo desapareció bajo mis pies y me sentí volando en el aire. Un frió y gélido chapuzon me dio la bienvenida. A la vez que gritaba a los infiernos el barco se alejaba dejando una estela blanca y espumosa. Mire hacia el otro lado donde aguardaba mi tumba eterna. Meciendose de forma rítmica y suave sabiendo que tenia todo el tiempo del mundo para acogerme. Empeze a dar energicas brazadas para entrar en calor y acercarme a la canoa. Su estado descascarillado, lleno de herrumbre y suciedad mostraba el camino que me esperaba a partir de ahora. Mi cuerpo empezó a acusar el cambio de temperatura y a duras penas subí a la barca que estuvo a punto de volcar. Una vez dentro crujieron todos y cada uno de los tablones y maderos que la formaban como si fuera a romperse en ese momento.
Ahora miro el horizonte, una linea eterna y hermosa pero sin vida. Estoy solo en medio de la absoluta nada. Sin sustento, ni cobijo. El Cardenal Gris ha ganado y su secreto seguirá a salvo mientras mis huesos se blanquean en esta ponzoñosa madera. Me derrumbo e intento ocultarme del abrasador sol aun a sabiendas que es imposible. Solo espero que la visita de la parca sea rápida y breve porque tengo ganas de ver a mi padre de nuevo.


Baje del carromato aun medio achispado por el brandy que me habían dado se supone para aumentar mi hombría ante lo que tenia que hacer. Me revolvi inquieto intentando quitarme el frió de la noche o eliminar el sopor del alcohol. Mi guardián me agarro del hombro frenándome en seco.
Me gire y vi su gesto agrio y amenazador. Hasta mi llego su aliento cargado y hediondo como su alma.
-Volveremos en media hora. Y todo debe estar finalizado. O èl o tu.Y ni se te ocurra escapar o tu  cuerpo aparecerá de madrugada destripado en algún puente y nadie llorara por ti. Te lo aseguro.
Me desasí de mala manera apelando a mi orgullo y cruze la calle medio agazapado, para esconderme cerca de unos arbustos cercanos. Sin mirar oí como el carro abandonaba el lugar mientras un par de ojos no cesaban de mirar mi nuca. Levante la cabeza y vi la casa que se me antojaba como la negra boca de un lobo esperando comerme. Mire a mi alrededor para cerciorarme que no tenia ningún observador para dar la alarma. Respire hondo y lentamente me fui acercando a mi objetivo. La noche era el aliado perfecto para encubrirme. Con el corazón huyendo de mi cuerpo llegue a la entrada. Me pegue a la puerta como una sombra y empecé a palpar mi bolsillo nerviosamente. Allí se hallaba una copia de la llave de la casa. He de confesar que lo tenían todo muy bien preparado para conseguir su fin. Desconocía que maldad había hecho mi víctima para quererlo muerto y enterrado pero me importaba una higa sus actos y sus desmanes. Yo cumpliria mi parte del trato y desaparecería de este infame lugar.
Abrí la puerta poco a poco. Nervioso, temía que el ruido de los goznes avisase a sus inquilinos pero por su suerte no ocurrió. Como un felino entre apoyandome sobre las puntas de mis dedos intentando reconocer lo que tantas había practicado en las ruinas. No tenia tiempo para florituras. Todo corría en mi contra. Tan solo algún perro con ganas de jaleo se oía en las inmediaciones. Atempere mi pulso y como una culebra en la selva me fui deslizando por las escaleras. Temía que cualquier crujido alertase a mi infeliz destinatario pero nada sucedió. La paz y la tranquilidad llenaban aquel hogar que pronto se vería cubierto por la desgracia y la desdicha fruto de mi mano. No puedo decir que me llenase de orgullo aquel acto traicionero pero si algo tenia era todas las justificaciones ante mi vil propósito.

De forma innata que me sorprendió hasta mi llegue al santo sanctorum de mi propósito. Al lugar que quizás en el futuro me marcaría para siempre y me condenaría al infierno eterno. Pero hoy no, esta noche no lo recordaría así. Ya llegaría el momento de pagar cuentas y lamentar mis actos. Ahora tocaba cumplir con el trato. Abrí la puerta y gracias a la poca luz que aportaba la luna vi una hermosa cama decorada y tallada. Un bulto inerte descansaba placidamente ignorando que su tiempo se acababa. Yo era el gato cruel. Con un destello opalino en mis ojos repte hasta el indefenso ratón. Saque mi daga dorada y con un rictus asesino marcado en mi rostro me posicione sobre mi presa. Una sed de sangre se apodero de mi.

-El pequeño escorpión ha vuelto.

La locura corría por mis venas mientras templaba mi pulso para empezar de forma mecánica a sajar y acuchillar aquel hombre.

Hubiera seguido así toda la noche si no fuera por el punzante acero que acariciaba mi nuca.

-Muchacho me va a destrozar la almohada.

Me gire y me quede blanco al ver a mi asesinado vivito y coleando apuntando con un palmo de buen metal a mi garganta.

-¿Que es eso de Pequeño escorpión?

Continuara...


domingo, 3 de enero de 2016

Capitulo 30 " Tiburon Blanco vs Parlanchin"

No tenia un plan, ni uno estúpido o absurdo. Intentar mantenernos con vida un segundo mas era la única e imposible salida. Mi corazón estaba agitado como un velero en plena tormenta. Lentamente controlando mi respiración me voy serenando. Ignoro el dolor y la sangre que cae por mi cara. Olvido la brecha abierta en mi rostro. Ante el miedo solo puedo templar mis nervios y enfriar los ánimos. Sacudo la cabeza para despejarme. Ante tal sacudida gotas liquidas se esparcen ante el respetable que aulla como un recaudador sin paga. No me importa si es sangre, sudor o el mismo mar que se desprende sin afecto de mi. Espero el golpe de aquel bruto que no me da cuartel. Reculo y mi enemigo abre sus manazas para cogerme. Tengo la impresión de que soy una damisela en apuros ante un sátiro. Giro y giro poniendo una distancia segura. Con el ojo mas bueno voy admirando la selecta tripulación que exultante espera una buena diversión ante la monotonía que se apodera de ellos viaje tras viaje. No deja de sorprenderme la variedad de vestimentas que utilizan cada uno sin orden ni concierto. Los mas llevan las típicas túnicas con sus turbantes llenas de suciedad y de colores indeterminados y olvidados hace tiempo. Tan  absortos están en nuestro peculiar cambio de opiniones que no se dan cuenta de lo que yo veía. Una luz se encendió en mi, pequeña muy pequeña. Tenia ante mi un arsenal. Solo necesitaba al voluntario perfecto y el momento adecuado. La mayoria de estos escandalosos seguidores portaban su gumía. Un daga con forma de sable corto y corvo. Con un solo filo. Ligera, manejable e ideal para el combate cuerpo a cuerpo. Era mejor que un alfanje o una cimitarra que es mas pesado. Mientras remoloneaba evitando los certeros golpes de Tiburón. Escudándome detrás del palo mayor soy obsequiado con imprecaciones, empujones y escupitajos por un publico ávido de sangre, dolor y sufrimiento. Es lo que veo en sus rostros sucios, arrugados y ansiosos.
-No estas dando una pelea muy convincente a mi tripulación.-dijo el hombreton con voz meliflua.
Si pensaba que con ese tono de llamada de sirena pensaba convencerme para caer en sus brazos no lo consiguió, pero todavía menos una manaza que surco el aire a escasos centímetros de mi cuerpo. Si no hubiese estado alerta ya estaría alimentado un rico banco de peces.
-Tu tampoco, pelón.-dije con valor. El cual no tenia.

El hombre, iracundo empezó a perseguirme sin ningún tipo de lógica. Sabia que un tipo enfadado no tenia una táctica en mente y eso era un punto a mi favor. Aproveche y me metí entre medio de los asistentes. Daba empentones y puñetazos para abrir camino. Mi perseguidor era mas brusco y los ays y quejidos de sus propios compañeros siendo atropellados eran cada vez mas audibles. Me dirigí a la escala cuando un tunante rubio, con bigote y los ojos separados se puso delante de mi. El incauto era el típico tipo pagado de si mismo. Su cara cambio al verme saltar directo hacia èl como un depredador despiadado. Caímos haciendo una bola, que rodó varios metros y tome su alfanje a lo que no puso ninguna pega, ya que en el estado que estaba no le valía para mucho. No era especialmente hermoso ni labrado. Sino tosco y vulgar, medio oxidado pero perfecto. Viendo que la bestia me seguía, no pare y llegue al palo del trinquete y subí por la escala. Rece para que mi sombra tuviese vértigo pero por desgracia no fue así. Los pulmones me quemaban y mi cabeza se mareaba. No podía negar que la vista era hermosa, mar plácido, cielo azul, un sol brillante y una suave brisa. Aunque no todo el mundo parecía apreciar este regalo de la naturaleza. Viendo que las distancias se acortaban que  mejor que un buen mandoble a la escalerilla. No se rompió del todo pero me dio cierto tiempo a llegar a la cofa del palo. Tiburón me miro iracundo y moviendo su puño cerrado dandome una señal clara sobre mi. Cuando volvió abajo me miro y una sonrisa delgada, fina y recta se mostró en su cara. Después se acerco a mi flagelado hermano y empezó a golpearle sin piedad mientras era sujetado por dos gañanes. La sangre corría por su boca como el vino en una taberna. Salí de la seguridad de la cofa y empeze a andar por la verga. Ni yo estaba seguro de lo que hacia pero sirvió para que todos me mirasen con sus bocas abiertas y sus ojos dilatados. El bruto dejo de acariciar a mi hermano y espero con gesto expectante mi próximo movimiento. Mientras con la mano hacia ademán para que bajase. A lo que yo cortésmente negué con la cabeza. Algo que casi me hace besar el suelo al perder el equilibrio por unos instantes. Allá arriba chupe mi dedo y lo levante calculando las posibilidades  que tenia de sobrevivir ante mi próxima jugada. Anduve con mucho tino al final de la verga y corte la cuerda que sostenía un lado la vela del trinquete.
-Baja o te mataras. No puedes hacer nada aunque quites la vela.-gritaba Tiburón con sus manos alrededor de la boca.
Hice caso omiso como si el viento no me dejase oír. Mire al cielo y rece todas las oraciones y letanía que sabia a cualquier religión. Agarre el extremo de la vela y corte las cuerdas. Salte hacia delante mientras toda la vida pasaba delante de mis ojos y lo que vi no me lleno de orgullo. Pero era mi vida y la única que había tenido. Cuando parecía que después del salto iba a terminar con la vela estrellándome contra la cubierta una ráfaga de aire me impulso hacia la popa. Puse los pies hacia delante y por increíble que parezca la vela se soltó por el estado de las cuerdas y por la fuerza del viento y fui a caer sobre la cuadrilla de marinos entre ellos Tiburón. Cuando me di cuenta yacía sobre la vela y debajo de mi varios cuerpos heridos, doloridos e inconscientes . Lo sentía por mi hermano pero todo aquel que intentaba levantarse recibía un generoso donativo por parte de la empuñadura. Cuando todo se hubo calmado me deslize de la tela y la  levante curioso para saber el fruto de mi locura. Allí estaban una amalgama de cuerpos mezclados. Apresuradamente busque a mi hermano y a Tiburón. Ambos estaban juntos uno encima del otro como buenos amantes. Deje que la vela fuera arrastrada por el viento y la luz baño a todos. A los que estaban despiertos les sacude un buen golpe para que no molestasen. Aparte al amenazante hombre que nos había aterrado desde que subimos a bordo no sin antes darle el resto de lo que se merecía. Después levante a mi atontado hermano y lo agite para que abandonase el estado de inconsciencia. Aparte de un chichón y alguna brecha no tenia nada grave. Note que su respiración era regular y normal. Tras varias intentonas volvió en si. Y me miro sorprendido. Miro a su alrededor y su gesto rozaba la incomprensión y la alegría.
 -Bueno no ha ido tan mal,¿como estas?.-pregunte ávido de oírle.
-Bien, pero si cojo al tipo que me hizo esto lo va a lamentar.
-Tienes razón. Es hora de marcharnos. Ahora que todos están descansando.
A duras penas lo levante y echo mano a mi hombro para apoyarse. Poco a poco acercándonos al bote que estaba atado al final del barco y que se movía de forma aleatoria dando bandazos de un lado a otro. Con suerte podíamos coger algunas armas y víveres y alejarnos del lugar.
Un sucesión de aplausos realizados por una persona rompió la magia del momento.
Me gire y levante mi arma para acabar con èl por una vez.
-¡Maldito Tiburón Bastardo! Voy a acabar contigo.
Ante mi apareció un religioso vestido de gris y con una mascara en su rostro.
-Hola, viejo amigo.



-Si nos engañas mueres, si no cumples con tu encargo mueres. Y si nos traicionas... Me hubiese negado cortésmente pero un filo en mi cuello no resultaba agradable para llegar al día siguiente. Aquel malnacido me miro sin ninguna emoción.
-Pero, bueno.-dijo con una sonrisa educadamente fría.-Que no se diga que aquí no somos hospitalarios. Darle al muchacho algo de gazuza para su seco gaznate y su raquítico estomago.
De la nada aparecieron dos hombres con una oscura botella verde y un humeante plato de gachas.
Con un movimiento de cabeza me invito a sentarme. Mas que una invitación era una orden quedando bien claro quien  mandaba y quien tenia derecho sobre nuestras vidas. A mi no me interesaba nada mas como un lebrel hambriento agache la cabeza y comí hasta hartarme. No recuerdo cuantos platos cayeron hasta quedar ahito. Una vez con el estomago lleno y la mente funcionando sopese las posibilidades de salir bien de este brete y todo lo que se me ocurría se me antojaba estéril. Mejores telas vistieron mi cuerpo que no de calidad. De pordiosero o vagabundo había subido al nivel del vulgo, a pobre . Por desgracia no sabia donde habitaba mi víctima ni tampoco podía salir ya que una escolta "por mi seguridad" como decía mi tutor seguía todos mis movimientos que no eran muchos. Para mi supuesta misión me asignaron a un hombre duro y correoso llamado Fernandez de Oviedo, un viejo alabardero el cual nunca supe como llego a ser un soldado a sueldo. Pero por su semblante y actitud aquello era una herida sangrante que nunca cerraría. Se veía alguien que tenia principios y honor pero que todo debió quedar mancillado por un oscuro asunto de faldas o de confianza. Huelga decir que a un botarate como yo le intentase inculcar el noble arte de la espada creo que era la mejor manera de arreglar sus cuentas con la vida. Ya que creo sin riesgo a equivocarme que fui todo un tormento hacer que de  mis torpes manos fluyese la sabiduría del duelo. Aparte de este ligero barniz con la espada. Muchos días marchábamos a un viejo caserón abandonado simulando ser mi objetivo. La en otro tiempo elegante mansión hoy era una ruinosa finca donde en el segundo piso había puesto una vieja cama y tapada con una mohosa manta y una almohada haciendo ver que era el próximo difunto Dumas. Durante semanas realize el mismo ejercicio hasta que quedo grabado a fuego en mi memoria, tanto que era capaz de hacerlo con los ojos cerrados o casi. Inculcaron de paso el arte del sigilo y el silencio como moverme y esconderme en situaciones extremas. Lecciones que absorbía como si fuese el mejor caldo de la provincia. Ufano de mi me agarraba a la esperanza de que una vez cumplido mi cometido me concederían la libertad. Pero un nubarrón negro asomaba de vez en cuando avisándome que esta gente no dejaba cabos sueltos y yo era uno de ellos. Lección a lección fueron pasando los días. Rápidos como centellas. Hasta que la fecha señalada llego.

Continuara...