domingo, 14 de febrero de 2016

Capitulo 32 "Naufrago"

Al despertar, pensé que estaba en el fondo de un insondable pozo o en las profundidades de una oscura caverna subterránea. Desesperadamente, intente encontrar a tientas la salida, pero fue como andar por un laberinto. Creía que me encontraba prisionero en una pesadilla, condenado a vagar eternamente en un dédalo de sombras y, de pronto, por un brevísimo instante, vi brillar una luz a lo lejos. Tendí la mano hacia ella y vi cómo se convertía en unas oscuras nubes diseminadas por el cielo.

Aleluya, Lázaro regresó de entre los muertos. Aunque, por la tormenta que se avecina, lo hace justo a tiempo para morir otra vez.-dije como si alguien estuviese conmigo.
Al recuperar plenamente la conciencia deseó regresar de nuevo al sombrío laberinto. Me dolía todo el cuerpo, como si, de la cabeza a las rodillas, tuviera rotos todos los huesos. Intente incorporarme, pero no pude y lanze un gruñido de dolor.
Quizás si me quedo quieto me dolerá menos.-pensé.
Será una vida breve. Me encuentro en el camino de un tifón. Al contemplar las oscuras nubes y los ígneos trazos de los rayos, seguidos por el rumor del trueno, me  siento profundamente descorazonado. El margen entre la vida y la muerte tenía el grosor de un papel de fumar. El sol ya estaba oculto y el mar había adquirido un tono grisáceo; en pocos minutos el pequeño bote sería engullido por la tempestad.

 Mientras registraba un pequeño compartimiento que había bajo un asiento. Encuentro una vieja tela sucia y arrugada y algunos clavos oxidados. Me tumbo en el suelo del bote. Me espera un viaje agitado.  Echó un último vistazo a las amenazadoras olas que hacían cabecear el bote, produciendo la sensación de que el horizonte subía y bajaba. El aspecto del mar era terrible y bello a la vez. Los rayos cruzaban las nubes negras, mientras los truenos rugían, como el lejano redoblar de mil tambores. La tormenta no tuvo piedad. En menos de diez minutos la galerna me alcanzó con toda su fuerza, acompañada de una lluvia torrencial, un diluvio que ocultó el cielo y convirtió el mar en un hervidero de blanca espuma. Las gotas, impulsadas por un viento que aullaba como un millar de almas en pena, me golpeaba con fuerza.
Las crestas de las olas, coronadas de espuma, se alzaban tres metros por encima de mi. Rápidamente, crecen hasta alcanzar los siete metros, cayendo sobre el bote desde todas las direcciones. El viento aumenta su ululante fuerza y el mar redobla los azotes contra la frágil embarcación y su pasajero. El bote se agita y retorcía al subir a las crestas de las olas y caer luego entre sus senos. No existían límites claros entre el aire y el agua, es  imposible discernir cuándo estoy en la superficie y cuándo  en las profundidades.
Milagrosamente el bote, evita que el mar embravecido lo vuelque y me arroje a las mortíferas aguas de las que hubiera sido imposible regresar. Las olas grises se abalanzaban sobre mi e inundan el interior del bote de borboteante espuma, empapándome hasta los huesos; pero, gracias a ello, el centro de gravedad de la balsa se hundía más y le confería una mayor estabilidad. Los traqueteos y las subidas y bajadas agitaban el agua del interior del bote. En cierto modo, el reducido tamaño del bote era una ventaja. A pesar de la violencia de la tempestad, el casco era fuerte y no se haría pedazos.Pasaron veinticuatro minutos que parecieron veinticuatro horas. Me costaba creer que la tormenta no hubiese terminado ya conmigo. No había palabras para describir la angustia que estaba sufriendo.
Los incesantes aludes de agua inundaban el bote, y  tosía y jadeaba hasta que el bote era impulsado de nuevo hacia arriba, hacia la cresta de la siguiente ola. No era necesario achicar, pues el peso del agua del interior ayudaba a evitar que volcara. Tan pronto me encontraba sujetándome con fuerza para evitar que la barca se levantara, como descendiendo vertiginosamente hasta el seno de la siguiente ola y esforzándome para no salir lanzado del bote.Mientras empujaba con los pies los costados del bote para conseguir una mejor sujeción. Si  caía al agua, no habría posibilidad de rescate; nadie podría sobrevivir en medio de ese torturado mar. La lluvia torrencial reducía la visibilidad, y si caía, me perdería inmediatamente de vista.
 Pensé que había dos clases de hombres: los que se dejaban vencer por el miedo al ver al diablo esperándolos y también los que se dejaban dominar por la desesperanza y consideraban que el diablo podía ser un alivio de las miserias terrenas. Yo ya no pertenecía a ninguna de esas dos clases.  Podía mirar de frente al diablo y escupirle en la cara.
 Haciendo caso omiso de los frenéticos azotes de las monstruosas olas, no esperaba el fin, ni que me consideraba indefenso ante las furias del mar. Contemplaba con extraña y remota mirada las masas de agua y espuma que se abatían sobre mi. Parecía como si me encontrara cómodamente arrellanado en mi hogar, pensando en otras cosas. Por graves y apuradas que fueran las circunstancias,  el mar, era mi elemento. Como lo fue de mi difunto padre.
Las sombras cayeron y al fin pasaron. Fue una terrible, aparentemente inacabable noche. Estaba aterido de frío y empapado. El helor me cortaba las carnes como un millar de cuchillos. El amanecer alivió el martirio de oír y sentir las olas, pero no poder verlas. Cuando el sol asomó por entre las convulsas nubes,  seguía milagrosamente con vida. Había ansiado el amanecer, pero cuando al fin llegó lo hizo teñido de un extraño color gris que iluminó el despiadado mar. Pese a la salvaje turbulencia, la atmósfera era sofocante y opresiva, una salina manta bajo la que se hacía casi imposible la respiración. El paso del tiempo carecía de toda relación. No era, ni con mucho,  optimista. Sabía que mis energías  estaban menguando. Los peores enemigos eran las invisibles amenazas de la hipotermia y la fatiga. Terminaría cediendo: o la violencia de la tempestad o su resistencia. La lucha había sido desesperada y el agotamiento me estaba envolviendo. Sin embargo, me resistía a darme por vencido. Me aferraba a la vida, haciendo pleno uso de toda su capacidad de aguante, soportando con tenacidad los embates de las olas, pero consciente de que mi última hora se aproximaba con rapidez.


Al anochecer el viento amainó y el mar se calmó. Aunque  lo ignoraba, el tifón había cambiado su curso. La velocidad del viento descendió . La furia del mar se redujo, de forma que las olas alcanzaban una altura máxima de tres metros. El diluvio se había convertido en una llovizna que apenas era una tenue niebla que flotaba sobre las apaciguadas olas. En el cielo, sin poder adivinar su procedencia, apareció una gaviota que sobrevoló el pequeño bote, gritando como si le sorprendiera verme aún a flote.
Al cabo de una hora, desaparecieron las nubes y al viento apenas le quedó fuerza para impulsar una barca. Parecía como si la tormenta hubiese sido un mal sueño que, tras atacar por la noche, se hubiese disipado con la luz del sol. Sin embargo, en mi lucha con los elementos, sólo había ganado una batalla; de momento el mar embravecido y la fuerza cruel del viento no había conseguido arrastrarme a las profundidades marinas.
Me parecía un milagro, un buen augurio. Si estuviera destinado a morir, no habría sobrevivido a esa tormenta. «Si sigo vivo, es por algo», pensé, lleno de esperanza. Tranquilizado por la calma que siguió a la tormenta y extenuado por el esfuerzo, caí en la apatía y en la indiferencia y no tarde en quedar profundamente dormido.
Como herencia de la tempestad, las aguas continuaron algo picadas hasta la mañana siguiente, cuando el mar quedó como una balsa de aceite. La niebla se había disipado y la visibilidad era buena, podía contemplar el horizonte desierto. Ahora el mar se disponía a lograr por el agotamiento lo que no había conseguido por medio de la violencia. Lentamente, fui despertando de mi sueño y me encontré con que el sol, que tanto había añorado, me quemaba ahora inclemente. La esperanza de que en esa desolada parte del mar, no transitada, apareciese de pronto un barco yendo hacia mi era remota, por no decir absurda.
Aunque gracias a un milagro había logrado sobrevivir al tifón, la sed y el hambre terminarían conmigo. Coloque la tela para que pudiera protegerme de los ardientes rayos del sol. La única comida que había en dos mil kilómetros a la redonda eran los peces. Si no lograba atrapar alguno, moriría de hambre. Con la aguja de la hebilla del cinturón, improvise un anzuelo que luego ate a un trozo arrancado de mi raído pantalón. El cual había hecho tiras y sujetado con fuertes nudos.  El problema era que no tenía cebo. En las inmediaciones no había gusanos, ni moscas, ni, desde luego, pedazos de queso. Hice visera con la mano para protegerme los ojos del sol y mire hacia el fondo del mar.
Ya se había reunido un séquito de curiosos bajo la sombra de la balsa. Bancos de peces similares a arenques, no mucho más grandes que el meñique, pasaban coleteando bajo el bote. Reconocí pámpanos, delfines, que no debían ser confundidos con las marsopas, y sus primos mayores, los dorados, con las altas frentes y las largas y policromas aletas coronando sus iridiscentes cuerpos. Un par de grandes caballas nadaban en círculo y atacaban ocasionalmente a algún pez menor. También había un pequeño tiburón, un pez martillo, uno de los más extraños habitantes del mar, cuya cabeza se expandía a lo ancho.
Con tranquilidad tome un clavo y me rebane un pedacito de carne de la parte trasera del muslo. Luego lo pinche en el improvisado anzuelo. Con suerte si conseguía capturar una pieza y con el compartimento que había desclavado y reservado el agua de la lluvia tendría una oportunidad.Me arrodille y sumergí lentamente el cebo humano en el agua. Las caballas nadaron alrededor, pero  levante el cebo para desalentarlas. Algunos de los pequeños peces carroñeros se precipitaron para atrapar el apetitoso aperitivo, pero no tardaron en abandonar la escena cuando el gran pez, advirtiendo la presencia de sangre, fue hacia el cebo. Mientras tiraba del sedal cada vez que el pez se aproximaba. Por suerte su ansia fue su perdición al quedar enganchado en el sedal. Tire con todas mis escasas fuerzas y lo introduje como un poseso dentro golpeándolo hasta que su cabeza quedo destrozada. Tome una clavo y lo abrí en canal. Comí su hígado y su vísceras para saciar el hambre. Después mas tranquilo decidí dosificar aquel nutriente. Recordé que había sal marina impregnada en la tela y me serviría para conservar aquella comida. Otra parte la reserve para preparar mas cebos.Corte la carne en tiras y luego las puse por por todo el bote.Con la noche llegó una extraña calma. La media luna rielaba sobre el mar, dibujando un plateado rastro que se perdía en el horizonte septentrional. Oí los graznidos de un pájaro que cruzaba el cielo estrellado, pero no logre divisar el animal. Después de sufrir el calor del sol, tuve que enfrentarme a las frías temperaturas, frecuentes en las latitudes meridionales. El rítmico golpeteo de las olas contra el bote hizo que me quedara adormilado.La siguiente cuestión que debía resolver era hasta dónde me había arrastrado la tormenta, algo casi imposible de calcular con un mínimo de precisión. Sin embargo estaba seguro de que la tormenta había soplado del noroeste. En cuarenta y ocho horas, podría haberme llevado a considerable distancia hacia el sureste, lejos de tierra firme. Por mi experiencia sabía que las corrientes y los vientos de esa parte del océano tenían una ligera desviación hacia el sureste. Por más que pensara y deseara sobrevivir, y pese a cuanta suerte pudieran tener, lo cierto era que mis posibilidades de volver a pisar tierra firme eran prácticamente nulas.

Cuatro días sin agua. El inclemente calor y la humedad constante me exprimía todo el sudor del cuerpo. El monótono golpear de las olas contra el bote estuvo a punto de enloquecerme hasta que al fin me acostumbre a el. El ingenio era la clave de la supervivencia.Los anales de los naufragios estaban llenos de historias de marinos que murieron de hambre a pesar de estar rodeados de peces, debido a que carecían de la pericia necesaria para atraparlos. Una vez dominado el arte de la pesca  refine el sistema, sacaba peces con el virtuosismo de un pescador veterano. Con una red, habría llenado todo el bote en cuestión de horas. En los alrededores de la pequeña balsa, el mar parecía un acuario. Peces de todas clases escoltaban a los náufragos; los más pequeños y de vivos colores atraían a otros mayores, y éstos, a su vez, a los tiburones, que constituían una permanente molestia, pues embestían constantemente contra la balsa.
Masticar pescado crudo era un viejo y eficaz sistema, descubierto por los náufragos y los primeros navegantes, que proporcionaba a sus desdichados cuerpos algo de humedad. Comían la carne secada al sol, . El pescado crudo, con su aceitoso sabor, no era exactamente una fiesta para el paladar, pero contribuía a disminuir las punzadas del hambre y la sed y me hacía sentir ahíto con sólo unos bocados.

Por el lado oeste habían aparecido negras nubes que avanzaban  a gran velocidad. Al cabo de escasos minutos cayeron gruesas gotas aisladas sobre el bote que no tardaron en convertirse en una lluvia torrencial.

El agua seguía cayendo. Alze el rostro hacia las nubes con la boca abierta para beber y llenarme del precioso líquido. El viento azotaba el mar, y continué disfrutando del cegador diluvio. El agua no tardó en llenar el fondo del bote. El revitalizador chaparrón cesó tan inesperadamente como había comenzado. Apenas se desperdició una gota. El chaparrón y la ingestión de agua insufló nuevos ánimos en mi.
.
  El único mal que no tenía remedio era para las llagas de las piernas y la espalda que tenía a causa de los roces continuos con la balsa debido al movimiento de las olas. Por la tarde comenzó a soplar un fuerte viento que agitó las aguas y me impulsó en dirección noreste, a merced de las caprichosas olas. Era como rodar cuesta abajo por una ladera cubierta de nieve metido en una gran tubería, sin el más mínimo dominio de la situación. El viento duró hasta las diez de la mañana del día siguiente. En cuanto las aguas se calmaron, los peces volvieron. Aparentemente furiosos por la interrupción, agitaron el mar y golpearon el bote. Los animales más voraces, los matones de la bancada, se dieron un festín con sus congéneres de menor tamaño. Durante casi una hora, mientras los peces representaban el sempiterno drama de la supervivencia, en el que los tiburones siempre salían triunfadores, las aguas que rodeaban la balsa se riñeron de rojo. Ya llevaba ocho días pilotando la pequeña balsa por el inmenso mar. La luna llena se alzó sobre el horizonte como una gran bola ambarina que, después de cruzar el cielo sobre ellos, disminuyó de tamaño y se tornó blanca. En ese momento vi, surgiendo de las tinieblas, la cresta de una gigantesca ola que se abalanzaba hacia mi. Sentí como si una mano helada me atenazase por la nuca y entonces, tras la primera ola, estallaron otras tres de idénticas dimensiones. La ola se dobló sobre el bote, inundándolo de agua y espuma y alcanzando de lleno el cuarto de estribor, mientras el lado izquierdo de la pequeña embarcación se elevó sobre el agua y el bote se volcó de lado, cayendo de costado en el seno del siguiente muro de agua, que se alzó hasta tocar las estrellas antes de caer sobre mi con la fuerza de un titan. La balsa se hundió bajo las negras aguas. A merced del furioso mar, lo único que podía hacer para seguir con vida era aferrarme fuertemente ; iba a volver a sufrir todo lo sucedido durante el anterior tifón. Si caía al mar, no podría llegar a la balsa, y la única duda era si moriría ahogado o serían pasto de los tiburones.
Cuando el pequeño bote logró salir de nuevo a la superficie, recibió, en rápida sucesión, el violento impacto de otras dos olas gigantes que lo baquetearon en medio de una vorágine de aguas tumultuosas. Volví a verme sumergido, pero cuando salí a flote una vez más, encontré una mar calmado como una balsa de aceite. Las inmensas olas siguieron adelante, perdiéndose entre las sombras. Mire alrededor, sin ver nada preocupante, el bote, aparentemente, estaba intacto. No vi ningún daño que parezca irreparable. Bajo la brillante luz lunar. De nuevo observo el fondo de la balsa y de pronto entendí que mis posibilidades de supervivencia se habían esfumado.
En el fondo del bote se había abierto una gran grieta por la que estaba entrando agua.







Salí de la casa blanco como si yo fuera el cadáver. Enmudecido y ensangrentado. Tenia la mirada vidriosa y en mi mano todavía permanecía como mudo testigo de mi hazaña, mi daga. Como atraído por un imán, me acerque febrilmente al coche del odioso instigador de esta conspiracion. Algo dentro de mi gritaba para que huyese pero a la vez una fuerza me empujaba hacia aquel monstruo instigador. Cada metro que me acercaba sentía una voz que me alertaba. ¡Estas muerto, estas muerto!. Y aun así veía aquella sonrisa traicionera mas cerca.  Ni siquiera podía culparle, ya que su nombre nunca había sido oído, ni nombrado. A pesar de todo reconoceria su fétido aliento allá donde estuviese. Por muchos perfumes y aceites que tocasen su cuerpo aquel hedor no desaparecía. A veces pensaba como un hombre tan elegante y distinguido estaba tan podrido por dentro.
Quedamos frente a frente intentado evitar su ponzoñosa boca.
Me miro sin ningún tipo de sentimiento y una sonrisa helada y terrible me dio la bienvenida.
-Veamos si ya eres todo un hombre.
Chasqueo los dedos y Crutcher y Fernandez parecieron salir de la nada.
La sonrisa desapareció de su rostro mientras hablaba a ambos.
-Aseguraros que todo esta en orden. Hay que ver si nuestro hombrecito sabe cumplir las ordenes.
Los dos secuaces partieron sin dilación a cumplir el deseo del conspirador. Mientras me seguía observando de arriba a abajo calibrando las posibilidades de ver si había tenido los arrestos de hacer mi mandado.
Apenas transcurrieron unos minutos y los dos hombres aparecieron también afectados.
-¿Y bien?.-dijo sin inmutarse mientras se miraba un molesto pellejo que sobresalia de sus cuidadas uñas.
-Eso es un autentico caos....-dijo Cretcher.
El hombre lo miro con ira y cuando estaba a punto de abrir la boca para desencadenar la furia de los dioses Fernandez acabo la frase.
-Esta muerto, muerto. Pero esta todo lleno de sangre, aquello es una autentica carnicería.
El rostro del hombre de nuevo se relajo y me miro de forma paternal.
-Vaya tenemos un ganador. Pasa y sientate conmigo.
Rodee el coche y abrí la portezuela mientras mi acompañante golpeaba el mullido asiento de forma cariñosa para que me sentase a su lado.
-Lo has hecho muy bien, muy bien.-mientras decía esto arranco el molesto pellejo de su uña y lo escupió por la ventanilla.
No se porque yo me sentía como aquel pellejo, cuando no hiciese falta seria eliminado sin la menor duda.

El coche inicio su marcha y el sonido se fue alejando de la habitación del crimen. Poco a poco un hombre fue moviendose hasta asegurarse que no corría peligro. Retiro la ensangrentada sabana y cacheo su cuerpo ileso, soltando un respiro de alivio. Miro debajo de la cama y empezó a arrastrar un bulto. Cuando quedo a la vista no pudo evitar soltar una lágrima. Su perro, su fiel perro aparecía cosido a cuchilladas. El pelo anteriormente brillante ahora estaba sucio y apelmazado por la sangre. Sabia que había sido un acto cruel pero no le quedaba otra opción sacrificar a su amado can para embadurnarse de su sangre para fingir su muerte. Esperaba que algún día su noble amigo le perdonase pero de lo que si estaba seguro que esta muerte no quedaría sin castigo. Ahora ya ponía cara a su enemigo y tenia un chivato entre sus filas. Era hora de preparar su siguiente plan. Preparar las exequias de si mismo. Dumas había muerto pero volveria de nuevo a caminar entre los vivos para saciar su sed de venganza.


Continuara...

domingo, 24 de enero de 2016

Capitulo 31 "Jaque Gris"

La vida me ha golpeado una y otra vez. Zarandeado como a un muñeco de trapo. Pero no he dejado de luchar, me he levantado y he vuelto a caer. Pero no he cejado de levantarme y ofrecer cara mi derrota. Ese ha sido mi código de conducta. Fiel a ese lema he vivido quizás hasta hoy. La máxima de que todo puede ir a peor se ha hecho realidad y me ha escupido a la cara con su frió escupitajo. Hace una hora pensaba que estaba en la peor situación y ahora me doy cuenta que comparado con esto estaba en el paraíso. Me siento abrumado por las circunstancias y...

-Te recordaba mas alto.-dije al Cardenal Gris.
Su  mirada glacial tras la mascara se poso sobre mi. Dandome a entender que èl tampoco disfrutaba con nuestro encuentro. Para èl hallarlo aquí era una contrariedad que debía ser subsanada.
-Y yo...
Entonces mi hermano en un movimiento veloz levanto su mano y cogió la cabeza del prelado y la estrello contra el palo del barco. No se si estaba mas sorprendido por la acción o por la pronta recuperación de mi allegado.

El sonido de un jarrón roto llego a nuestros oídos y una mascara quebrada apareció tras el impacto. El aturdido hombre me miro con cara de incredulidad y sorpresa para luego caer al suelo como un pelele.

-¿Que? Era la única forma de hacerlo callar.- mientras decía esto mi hermano se encogía de hombros y mostrando esa actitud de "yo no hecho nada".

Ahora las cosas se ponían mas feas, un sonido inquietante sonó a la vez. La guardia del desvanecido hombre echaron mano de sus aceros. Abandonaron las vainas mientras rasgaban el aire y apuntaban a nuestros cuellos. Otros hombres apurados arrastraban al infeliz y lo alejaban de nosotros y ponían una muralla de guardas. Nosotros nos mirábamos de hito en hito mientras seguimos con expectación el intento de recuperación. Tras unos momentos de tensión el cardenal pareció volver en si. Desorientado y en estado de shock fue ayudado por sus hombres de confianza. A duras penas se levantaba, ya que volvía a caer. Con gran celeridad un viejo ujier con un negro vestido usado y desgastado en varios sitios acudió con una jarra de agua y un vaso para aliviar al contusionado. Finalmente volvió en si y lo primero que hizo fue mirarme. Mirarme atentamente a los ojos. Y descubrí en los suyos por un instante un miedo, no a mi sino algo muy superior yo lo llamaría terror puro. Y entonces lo comprendi, lo comprendi todo. Sabia su secreto y el sabia que yo también lo sabia. Para corroborar mis sospechas una cadena de oro salio por encima de su pecho y apareció una llave con forma de seis. La misma llave que tenia mi difunto padre con el numero ocho. Ahora sabia porque mi padre era una autentica amenaza y el testigo había pasado a mi. Mi vida no valía ya nada. Mi futuro estaba escrito y era corto. ¿Que podía hacer? Tan solo sabia que ya no volvería a pisar tierra firme. Al menos en vida.
-Despertad a esos haraganes. Es hora de acabar con esta pantomima.
Movidos como por un resorte varios guardias fueron a donde estaban los corsarios junto a Tiburón y los fueron despertando con gritos, puñetazos, empujones y golpes. Entre gritos, bufidos y juramentos la caterva de pendencieros fue despertándose. Tiburón haciendo gala mando a dos guardas del cardenal al matasanos tras un breve encontronazo al despertarle y creerse que eramos nosotros.

El Cardenal Gris iracundo aparto a los hombres  que le protegían y vino a encararse contra mi. Su cara estaba cambiada. Ahora irradiaba ese peligrosa energía que tienen los hombres poderosos cuando quieren venganza y sangre.

Me miro a través de su mascara rota donde se apreciaba una brecha sangrante.
-Hay cosas que cuando se rompen no se pueden volver a unir. Por ejemplo esta mascara.
Después se giro y se acerco a mi hermano que estaba reducido por varios sicarios.
-Creo que lo justo es que tengas el mismo pago que tu me has dado.
Mi hermano intento zafarse ante la solución salomónica que iba a dar el cardenal.

-Tu hermano se vendrá con nosotros.  Y sera llevado a una de las peores minas donde pasara hambre, calor y sed. Y rogara por su muerte. No lo veras mas.
-Ni lo sueñes, faldones.
-Y contigo seré benévolo. Tu fin sera inminente. Va a ser abandonado en medio del océano sin agua, sin comida, ni remos. Sin nada. Quizás tengas una oportunidad con ese viejo y podrido bote.

Mientras decía esto señalo una paupérrima barca en estado lamentable.
-Aquí no viajan barcos. Todos tienen miedo a estos amigos y otros parecidos.
Los aludidos nos miraron y nos regalaron unas sonrisas lobunas como si fuésemos corderos en el matadero.

Intente forzar la situación pero dos forzudos malolientes empezaron a arrastrarme hacia la popa del barco.
-¡¡Hermano, hermano!!!.-grite con todas mis fuerzas. Luchando por soltarme. Todo fue imposible. El suelo desapareció bajo mis pies y me sentí volando en el aire. Un frió y gélido chapuzon me dio la bienvenida. A la vez que gritaba a los infiernos el barco se alejaba dejando una estela blanca y espumosa. Mire hacia el otro lado donde aguardaba mi tumba eterna. Meciendose de forma rítmica y suave sabiendo que tenia todo el tiempo del mundo para acogerme. Empeze a dar energicas brazadas para entrar en calor y acercarme a la canoa. Su estado descascarillado, lleno de herrumbre y suciedad mostraba el camino que me esperaba a partir de ahora. Mi cuerpo empezó a acusar el cambio de temperatura y a duras penas subí a la barca que estuvo a punto de volcar. Una vez dentro crujieron todos y cada uno de los tablones y maderos que la formaban como si fuera a romperse en ese momento.
Ahora miro el horizonte, una linea eterna y hermosa pero sin vida. Estoy solo en medio de la absoluta nada. Sin sustento, ni cobijo. El Cardenal Gris ha ganado y su secreto seguirá a salvo mientras mis huesos se blanquean en esta ponzoñosa madera. Me derrumbo e intento ocultarme del abrasador sol aun a sabiendas que es imposible. Solo espero que la visita de la parca sea rápida y breve porque tengo ganas de ver a mi padre de nuevo.


Baje del carromato aun medio achispado por el brandy que me habían dado se supone para aumentar mi hombría ante lo que tenia que hacer. Me revolvi inquieto intentando quitarme el frió de la noche o eliminar el sopor del alcohol. Mi guardián me agarro del hombro frenándome en seco.
Me gire y vi su gesto agrio y amenazador. Hasta mi llego su aliento cargado y hediondo como su alma.
-Volveremos en media hora. Y todo debe estar finalizado. O èl o tu.Y ni se te ocurra escapar o tu  cuerpo aparecerá de madrugada destripado en algún puente y nadie llorara por ti. Te lo aseguro.
Me desasí de mala manera apelando a mi orgullo y cruze la calle medio agazapado, para esconderme cerca de unos arbustos cercanos. Sin mirar oí como el carro abandonaba el lugar mientras un par de ojos no cesaban de mirar mi nuca. Levante la cabeza y vi la casa que se me antojaba como la negra boca de un lobo esperando comerme. Mire a mi alrededor para cerciorarme que no tenia ningún observador para dar la alarma. Respire hondo y lentamente me fui acercando a mi objetivo. La noche era el aliado perfecto para encubrirme. Con el corazón huyendo de mi cuerpo llegue a la entrada. Me pegue a la puerta como una sombra y empecé a palpar mi bolsillo nerviosamente. Allí se hallaba una copia de la llave de la casa. He de confesar que lo tenían todo muy bien preparado para conseguir su fin. Desconocía que maldad había hecho mi víctima para quererlo muerto y enterrado pero me importaba una higa sus actos y sus desmanes. Yo cumpliria mi parte del trato y desaparecería de este infame lugar.
Abrí la puerta poco a poco. Nervioso, temía que el ruido de los goznes avisase a sus inquilinos pero por su suerte no ocurrió. Como un felino entre apoyandome sobre las puntas de mis dedos intentando reconocer lo que tantas había practicado en las ruinas. No tenia tiempo para florituras. Todo corría en mi contra. Tan solo algún perro con ganas de jaleo se oía en las inmediaciones. Atempere mi pulso y como una culebra en la selva me fui deslizando por las escaleras. Temía que cualquier crujido alertase a mi infeliz destinatario pero nada sucedió. La paz y la tranquilidad llenaban aquel hogar que pronto se vería cubierto por la desgracia y la desdicha fruto de mi mano. No puedo decir que me llenase de orgullo aquel acto traicionero pero si algo tenia era todas las justificaciones ante mi vil propósito.

De forma innata que me sorprendió hasta mi llegue al santo sanctorum de mi propósito. Al lugar que quizás en el futuro me marcaría para siempre y me condenaría al infierno eterno. Pero hoy no, esta noche no lo recordaría así. Ya llegaría el momento de pagar cuentas y lamentar mis actos. Ahora tocaba cumplir con el trato. Abrí la puerta y gracias a la poca luz que aportaba la luna vi una hermosa cama decorada y tallada. Un bulto inerte descansaba placidamente ignorando que su tiempo se acababa. Yo era el gato cruel. Con un destello opalino en mis ojos repte hasta el indefenso ratón. Saque mi daga dorada y con un rictus asesino marcado en mi rostro me posicione sobre mi presa. Una sed de sangre se apodero de mi.

-El pequeño escorpión ha vuelto.

La locura corría por mis venas mientras templaba mi pulso para empezar de forma mecánica a sajar y acuchillar aquel hombre.

Hubiera seguido así toda la noche si no fuera por el punzante acero que acariciaba mi nuca.

-Muchacho me va a destrozar la almohada.

Me gire y me quede blanco al ver a mi asesinado vivito y coleando apuntando con un palmo de buen metal a mi garganta.

-¿Que es eso de Pequeño escorpión?

Continuara...


domingo, 3 de enero de 2016

Capitulo 30 " Tiburon Blanco vs Parlanchin"

No tenia un plan, ni uno estúpido o absurdo. Intentar mantenernos con vida un segundo mas era la única e imposible salida. Mi corazón estaba agitado como un velero en plena tormenta. Lentamente controlando mi respiración me voy serenando. Ignoro el dolor y la sangre que cae por mi cara. Olvido la brecha abierta en mi rostro. Ante el miedo solo puedo templar mis nervios y enfriar los ánimos. Sacudo la cabeza para despejarme. Ante tal sacudida gotas liquidas se esparcen ante el respetable que aulla como un recaudador sin paga. No me importa si es sangre, sudor o el mismo mar que se desprende sin afecto de mi. Espero el golpe de aquel bruto que no me da cuartel. Reculo y mi enemigo abre sus manazas para cogerme. Tengo la impresión de que soy una damisela en apuros ante un sátiro. Giro y giro poniendo una distancia segura. Con el ojo mas bueno voy admirando la selecta tripulación que exultante espera una buena diversión ante la monotonía que se apodera de ellos viaje tras viaje. No deja de sorprenderme la variedad de vestimentas que utilizan cada uno sin orden ni concierto. Los mas llevan las típicas túnicas con sus turbantes llenas de suciedad y de colores indeterminados y olvidados hace tiempo. Tan  absortos están en nuestro peculiar cambio de opiniones que no se dan cuenta de lo que yo veía. Una luz se encendió en mi, pequeña muy pequeña. Tenia ante mi un arsenal. Solo necesitaba al voluntario perfecto y el momento adecuado. La mayoria de estos escandalosos seguidores portaban su gumía. Un daga con forma de sable corto y corvo. Con un solo filo. Ligera, manejable e ideal para el combate cuerpo a cuerpo. Era mejor que un alfanje o una cimitarra que es mas pesado. Mientras remoloneaba evitando los certeros golpes de Tiburón. Escudándome detrás del palo mayor soy obsequiado con imprecaciones, empujones y escupitajos por un publico ávido de sangre, dolor y sufrimiento. Es lo que veo en sus rostros sucios, arrugados y ansiosos.
-No estas dando una pelea muy convincente a mi tripulación.-dijo el hombreton con voz meliflua.
Si pensaba que con ese tono de llamada de sirena pensaba convencerme para caer en sus brazos no lo consiguió, pero todavía menos una manaza que surco el aire a escasos centímetros de mi cuerpo. Si no hubiese estado alerta ya estaría alimentado un rico banco de peces.
-Tu tampoco, pelón.-dije con valor. El cual no tenia.

El hombre, iracundo empezó a perseguirme sin ningún tipo de lógica. Sabia que un tipo enfadado no tenia una táctica en mente y eso era un punto a mi favor. Aproveche y me metí entre medio de los asistentes. Daba empentones y puñetazos para abrir camino. Mi perseguidor era mas brusco y los ays y quejidos de sus propios compañeros siendo atropellados eran cada vez mas audibles. Me dirigí a la escala cuando un tunante rubio, con bigote y los ojos separados se puso delante de mi. El incauto era el típico tipo pagado de si mismo. Su cara cambio al verme saltar directo hacia èl como un depredador despiadado. Caímos haciendo una bola, que rodó varios metros y tome su alfanje a lo que no puso ninguna pega, ya que en el estado que estaba no le valía para mucho. No era especialmente hermoso ni labrado. Sino tosco y vulgar, medio oxidado pero perfecto. Viendo que la bestia me seguía, no pare y llegue al palo del trinquete y subí por la escala. Rece para que mi sombra tuviese vértigo pero por desgracia no fue así. Los pulmones me quemaban y mi cabeza se mareaba. No podía negar que la vista era hermosa, mar plácido, cielo azul, un sol brillante y una suave brisa. Aunque no todo el mundo parecía apreciar este regalo de la naturaleza. Viendo que las distancias se acortaban que  mejor que un buen mandoble a la escalerilla. No se rompió del todo pero me dio cierto tiempo a llegar a la cofa del palo. Tiburón me miro iracundo y moviendo su puño cerrado dandome una señal clara sobre mi. Cuando volvió abajo me miro y una sonrisa delgada, fina y recta se mostró en su cara. Después se acerco a mi flagelado hermano y empezó a golpearle sin piedad mientras era sujetado por dos gañanes. La sangre corría por su boca como el vino en una taberna. Salí de la seguridad de la cofa y empeze a andar por la verga. Ni yo estaba seguro de lo que hacia pero sirvió para que todos me mirasen con sus bocas abiertas y sus ojos dilatados. El bruto dejo de acariciar a mi hermano y espero con gesto expectante mi próximo movimiento. Mientras con la mano hacia ademán para que bajase. A lo que yo cortésmente negué con la cabeza. Algo que casi me hace besar el suelo al perder el equilibrio por unos instantes. Allá arriba chupe mi dedo y lo levante calculando las posibilidades  que tenia de sobrevivir ante mi próxima jugada. Anduve con mucho tino al final de la verga y corte la cuerda que sostenía un lado la vela del trinquete.
-Baja o te mataras. No puedes hacer nada aunque quites la vela.-gritaba Tiburón con sus manos alrededor de la boca.
Hice caso omiso como si el viento no me dejase oír. Mire al cielo y rece todas las oraciones y letanía que sabia a cualquier religión. Agarre el extremo de la vela y corte las cuerdas. Salte hacia delante mientras toda la vida pasaba delante de mis ojos y lo que vi no me lleno de orgullo. Pero era mi vida y la única que había tenido. Cuando parecía que después del salto iba a terminar con la vela estrellándome contra la cubierta una ráfaga de aire me impulso hacia la popa. Puse los pies hacia delante y por increíble que parezca la vela se soltó por el estado de las cuerdas y por la fuerza del viento y fui a caer sobre la cuadrilla de marinos entre ellos Tiburón. Cuando me di cuenta yacía sobre la vela y debajo de mi varios cuerpos heridos, doloridos e inconscientes . Lo sentía por mi hermano pero todo aquel que intentaba levantarse recibía un generoso donativo por parte de la empuñadura. Cuando todo se hubo calmado me deslize de la tela y la  levante curioso para saber el fruto de mi locura. Allí estaban una amalgama de cuerpos mezclados. Apresuradamente busque a mi hermano y a Tiburón. Ambos estaban juntos uno encima del otro como buenos amantes. Deje que la vela fuera arrastrada por el viento y la luz baño a todos. A los que estaban despiertos les sacude un buen golpe para que no molestasen. Aparte al amenazante hombre que nos había aterrado desde que subimos a bordo no sin antes darle el resto de lo que se merecía. Después levante a mi atontado hermano y lo agite para que abandonase el estado de inconsciencia. Aparte de un chichón y alguna brecha no tenia nada grave. Note que su respiración era regular y normal. Tras varias intentonas volvió en si. Y me miro sorprendido. Miro a su alrededor y su gesto rozaba la incomprensión y la alegría.
 -Bueno no ha ido tan mal,¿como estas?.-pregunte ávido de oírle.
-Bien, pero si cojo al tipo que me hizo esto lo va a lamentar.
-Tienes razón. Es hora de marcharnos. Ahora que todos están descansando.
A duras penas lo levante y echo mano a mi hombro para apoyarse. Poco a poco acercándonos al bote que estaba atado al final del barco y que se movía de forma aleatoria dando bandazos de un lado a otro. Con suerte podíamos coger algunas armas y víveres y alejarnos del lugar.
Un sucesión de aplausos realizados por una persona rompió la magia del momento.
Me gire y levante mi arma para acabar con èl por una vez.
-¡Maldito Tiburón Bastardo! Voy a acabar contigo.
Ante mi apareció un religioso vestido de gris y con una mascara en su rostro.
-Hola, viejo amigo.



-Si nos engañas mueres, si no cumples con tu encargo mueres. Y si nos traicionas... Me hubiese negado cortésmente pero un filo en mi cuello no resultaba agradable para llegar al día siguiente. Aquel malnacido me miro sin ninguna emoción.
-Pero, bueno.-dijo con una sonrisa educadamente fría.-Que no se diga que aquí no somos hospitalarios. Darle al muchacho algo de gazuza para su seco gaznate y su raquítico estomago.
De la nada aparecieron dos hombres con una oscura botella verde y un humeante plato de gachas.
Con un movimiento de cabeza me invito a sentarme. Mas que una invitación era una orden quedando bien claro quien  mandaba y quien tenia derecho sobre nuestras vidas. A mi no me interesaba nada mas como un lebrel hambriento agache la cabeza y comí hasta hartarme. No recuerdo cuantos platos cayeron hasta quedar ahito. Una vez con el estomago lleno y la mente funcionando sopese las posibilidades de salir bien de este brete y todo lo que se me ocurría se me antojaba estéril. Mejores telas vistieron mi cuerpo que no de calidad. De pordiosero o vagabundo había subido al nivel del vulgo, a pobre . Por desgracia no sabia donde habitaba mi víctima ni tampoco podía salir ya que una escolta "por mi seguridad" como decía mi tutor seguía todos mis movimientos que no eran muchos. Para mi supuesta misión me asignaron a un hombre duro y correoso llamado Fernandez de Oviedo, un viejo alabardero el cual nunca supe como llego a ser un soldado a sueldo. Pero por su semblante y actitud aquello era una herida sangrante que nunca cerraría. Se veía alguien que tenia principios y honor pero que todo debió quedar mancillado por un oscuro asunto de faldas o de confianza. Huelga decir que a un botarate como yo le intentase inculcar el noble arte de la espada creo que era la mejor manera de arreglar sus cuentas con la vida. Ya que creo sin riesgo a equivocarme que fui todo un tormento hacer que de  mis torpes manos fluyese la sabiduría del duelo. Aparte de este ligero barniz con la espada. Muchos días marchábamos a un viejo caserón abandonado simulando ser mi objetivo. La en otro tiempo elegante mansión hoy era una ruinosa finca donde en el segundo piso había puesto una vieja cama y tapada con una mohosa manta y una almohada haciendo ver que era el próximo difunto Dumas. Durante semanas realize el mismo ejercicio hasta que quedo grabado a fuego en mi memoria, tanto que era capaz de hacerlo con los ojos cerrados o casi. Inculcaron de paso el arte del sigilo y el silencio como moverme y esconderme en situaciones extremas. Lecciones que absorbía como si fuese el mejor caldo de la provincia. Ufano de mi me agarraba a la esperanza de que una vez cumplido mi cometido me concederían la libertad. Pero un nubarrón negro asomaba de vez en cuando avisándome que esta gente no dejaba cabos sueltos y yo era uno de ellos. Lección a lección fueron pasando los días. Rápidos como centellas. Hasta que la fecha señalada llego.

Continuara...






domingo, 29 de noviembre de 2015

Capitulo 29 "Tiburón Blanco"

La histeria se apoderaba de mi cuerpo solo veía como aquel maldito pipote hinchado y podrido se confabulaba contra nosotros llevándonos a una muerte cierta o algo peor. Tenia los músculos agarrotados por el esfuerzo, mis piernas apenas reaccionaban. Entre mi pésimo estado físico y las bajas temperaturas que soportabamos en el agua mi mente solo quería dormir. Acabar con todo y dejarme caer en una cuenca oscura y lóbrega. Solo un pequeño descanso. Era lo justo y merecido. Mis ojos escocidos y rojos por el agua salobre se entrecerraban adorando ese acto de duerme vela que ansiaba. Empecé a escorarme hacia un lado. Solo un poquito mas, un poquito mas. Para que mi cuerpo cediese al peso y la paz volvería. Sin sufrimientos, sin penurias. Mi rostro se reflejo en el agua y me pareció ver a mi amado padre halla abajo animándome a que me reuniese con èl. A recuperar todo el tiempo que no tuvimos. Un grito desgarrador me volvió a la realidad. Mi corazón parecía a punto de salir del pecho. Exhausto levante la vista.  Un pobre desgraciado caía del barco turco con una enorme herida en el cuello como si un gran animal le hubiese arrancado un pedazo de carne y luego lo hubiese tirado al agua como un guiñapo. La sensatez me volvió gracias a los chillidos de los infelices que se ahogaban alzando sus manos intentando coger una ayuda que nunca llegaría. Ser testigo de como sus esfuerzos se apagaban a la par que los movimientos de sus manos acaban hundiéndose me sirvió para despertarme. Mire a mi izquierda y vi a mi agonizante hermano asintiendo con la cabeza. Pensó que con ese gesto me engañaría. No me creía que estuviese bien pero seguir era la consigna. Los hombres de aquel barco utilizaban unos largos ganchos para atraer a los cautivos a un lado. Agotados y cansados nos dejamos llevar por la corriente hasta el barco. Solo teníamos dos destinos morir o ser presos. Optamos por la segunda opción. Vivos tendríamos una oportunidad. Muertos no. A la espera de ser recogidos uno de los ganchos empezó a tocar a mi hermano. Curioso elevo la vista y vio al hombre menudo que tanteaba su grado de vida. Mi hermano se giro y me miro con una sonrisa malvada. En un movimiento que me sorprendió tomo el gancho y tiro con fuerza. El resultado no se hizo esperar. El atrevido turco cayó estrepitosamente al agua acompañado de un grito mientras su pañuelo le seguía gracilmente hasta que toco el mar. Miramos hacia arriba intrigados esperando alguna reacción. Un rostro desafiante  se asomo mirándonos con curiosidad. Era un hombre grande, extremadamente grande y musculado. Tenia tatuadas dos branquias, una a cada lado del cuello. Sus fríos ojos nos observaron como si fuéramos su cena. Un segundo después sonrió y lo que vimos nos dejo estupefactos. Sus dientes se asemejaban a un tiburón. Estaban perfectamente limados en un hilera serrada. Levanto su mano y señalo a mi hermano haciendo señas de que esperase. Y su fea cabezota desapareció de nuestra linea de visión.

-¿Quien era el feo del año?.-dije divertido a mi hermano.

Mi hermano me miro con una cansada sonrisa. Pero su gesto cambio cuando un grito desgarrador sonó sobre la cubierta del barco. Apenas recuperados del susto un cuerpo caía agarrándose el sangrante cuello. No sabia si mi vista me engañaba pero me parecía ver que le faltaba un trozo de carne de su herida sangrante.

La bestia dentada volvió a aparecer de nuevo sonriente. Mostrando sus dientes sangrante. Escupió y  un trozo de carne mascada y hecha jirones amerizo sobre el agua. Alrededor de ella varias peces no hicieron asco y acabaron con el resto. Si mi aterido estomago tuviera algo hubiese devuelto pero solo pudo dar unas ridículas arcadas.

El caníbal sonrió y con un gesto señalo a mi hermano para que se acercara a su presencia.  Desde el principio entendimos que aquella no era una invitación de sociedad sino una detención en toda regla. Por sorpresa aparecieron a ambos lados dos barcas de remos con turcos apostados y armados dejando clara su actitud.

Ambas naves se apostaron a nuestro lado y uno de los jerifaltes nos hablo. Era alto y delgado con una sucia y oscura barba. Yo no era muy delicado en temas corporales habiendome juntado con harapientos, mendigos y miserables de toda ralea. Pero aun así no pude evitar tapar mi sensible nariz antes las excelencias de aquel oloroso mensajero. Y prevenido gire mi cabeza cuando vi que abría aquella cloaca negra y desdentada llamada boca.


-Köpekbalığı, os invita a su humilde barca.

No esta mal una amenaza vestida con toda la cortesía de un devorador humano. Por un momento lo pensé y estuve a punto de rechazar tan apetecible oferta. Pero que mas daba. Perdido en el mar, con mi hermano medio muerto, helado, hambriento y mojado que podía perder. Además con el rabillo vi que nuestro amigo barbudo tenia cierto temblor como si pensara que al negarnos èl entraría como el primer entrante en el menú del giganton. Me desprendí de mi amado barril con un beso aéreo sabiendo que no lo echaría de menos. Tras una breve travesía al otro lado del barco fuimos llevados ante la presencia de nuestro anfitrión. Extendió sus brazos mostrándose en todo su esplendor y vimos sus manos. Tenia los dedos pegados salvo el índice. Debió ser un problema de nacimiento. Entonces advertí que esa tara le confería cierta semejanza al acabado de una aleta de un pez.

-Mis amigos me conocen como Tiburón Blanco.- a la par que decía  esto mostraba su temible y ensayada sonrisa.- Y los demás como el Demonio del Mar.

-¿Y sus enemigos?

Una fría mirada se clavo en mi sin dejar de sonreír. Después se giro y me mostró su espalda desnuda llena de pequeños puntos tatuados. Había cientos de ellos.

-Ya no me quedan. Fueron devorados por su osadía y su temeridad. Cada uno de ellos es un punto en mi cuenta particular.

Se volvió de nuevo hacia nosotros y nos miro impasible.

-Pero esa no es la cuestión. Ese hombre.-levanto el dedo señalando a mi maltrecho hermano.

-Mi hermano-replique.

-Tu hermano a agredido a uno de los nuestros y exigo una justa compensacion.

Mi hermano endureció su agotado rostro con una mirada asesina hacia el grandullón.

-Nada podemos darte.-dijo mascando las palabras. Y estirando los brazos mostrando sus posesiones. Su cuerpo y sus ropas rotas y mojadas.

-Lo se, lo se. No quiero nada material, quiero algo mas valioso.

Ambos pusimos gestos de  sorpresa.

-Tu vida. Tu falta de respeto debe ser reparada. Y se hará justicia si pierdes.

-¿Y si...? ¿Y si gano?.-dijo farfullando quejosamente.

-¿Acaso crees tener alguna posibilidad ante mi, pececillo?

Mi hermano  hizo un intento y se abalanzo sobre el musculoso retador pero al final no lo consiguió. Mi mano detuvo su acto. Una acción heroica pero estúpida. Mi extremidad quedo maltrecho y parecía haber sido golpeada por un muro. Mientras la sacudía para atenuar el dolor intente enfriar la situación.

-Espera, espera. Yo me ofrezco en este duelo a cambio de mi hermano.

Tiburón me miro divertido.

-Bien, entonces perderéis los dos. Os comeré la yugular y luego acabareis olvidados después de ser comidos. Vuestros huesos no verán la luz del día.

-Interesante perspectiva. Es una manera de verlo.

Apenas hube acabado de contestar un luminosas estrellas aparecieron en mis ojos acompañadas de un certero golpe.

El desafió por la supervivencia había empezado. Solo deseaba no ser un punto y seguido en su vida.









Finalmente deje atrás a Yonah sabia que con su presencia me sentiría seguro y protegido. Pero su destino era distinto del mio. Sabiendo que deseaba volver a su tierra no me complacia en absoluto  acabar en una tierra extraña y desconocida. Tras las consabidas despedidas tome rumbo hacia el sur. Andando de noche por pequeños caminos y a cierta distancia de la calzada. Comiendo y tomando lo que hallaba por los huertos. Vigilando y observando que no saliese ningún guardián para darme una buena tunda. No hice ascos a frutas caídas, raíces o huevos en los nidos. Todo aquellos que sirviese para mi supervivencia era bienvenido. Por el día buscaba huecos y escondites donde dormitar y descansar. Cuando oía voces actuaba como una sombra, ocultándome para no ser visto. No fue una travesía ni fácil ni cómoda. El frió y el hambre fueron compañeros continuos pero me mantenía alerta. Los pies se me llenaron de ampollas y con el tiempo se me endurecieron. Largo, muy largo fue mi andar y perdí la noción del tiempo. Aun dudo cuanto tiempo paso, si fueron semanas o meses. Bien es cierto que pase por pequeñas y miseras aldeas que nada tenían que ofrecerme. Y con mi acertada idea no solía visitar, ya que seguro que serian frutos de problemas después de mi agónica experiencia con los aldeanos que intentaron enterrarme. Pero como todo al final tiene su meta y allí estaba yo. De vuelta a la civilizacion. Ante mi se extendía una ciudad portuaria en plena actividad y llena de vida. Aunque sabia que con mi aspecto las oportunidades no caerían del cielo. Tendría que empezar desde lo mas abajo.  Y que mejor lugar que el puerto. Allí donde los negocios y trapicheos son su lugar natural. .El olor a mar me llenaba los pulmones y encendía mi ansia aventurera. Poco a poco mientras me acercaba al puerto veía como los barcos se hacían mas grandes a mi vista. Embarcaciones de todo tipo esperaban pacientemente la llegada de su tripulación para navegar por cualquier ruta comercial en busca de fortuna. Me emocionaba que una de  aquellas naos que se mecían suavemente podía guardar una sitio para mi. Las nubes entretapaban la luna y la oscuridad se hacia dueña de aquel lugar. Una leve neblina cubria el agua tiñendola de un gris verdoso. Un enclave adecuado  para el submundo que vivía entre el delito y lo ilegal.  Una fauna de chulos, marineros de oscuro pasado, rameras y ladrones pululando por doquier. Parecía que mi estrella me acompañaba cuando llegue ya era noche y solo las tabernas de mas mala fama permanecían abiertas con los habituales del lugar. El León y el Jabalí, El yelmo roto o La casa del barquero eran uno de los tantos lugares que aquí y allá se amontonaban alrededor del puerto esperando ansiosa mente la llegada de los viajeros o marineros. Además de los que preferirían el anonimato para sus intrigas.  Sigilosamente andaba asomándome por los sucios cristales intentando atisbar el interior y ver si algún parroquiano me parecía interesante para ofrecerle mis servicios
-Hola, garzón. ¿Que se te ofrece a estas horas tardías?¿Buscas compañía?
 Una mano de forma decidida me cogió del hombro. Acompañada de una voz quemada por el vino barato. Un error inexcusable al no tener mis sentidos alerta. Pero ya era tarde pensé a la vez que un sudor helado me llenaba el cuerpo.
Me gire y un joven de aspecto delgado y largirucho con pecas y el pelo revuelto se presento.
-Me llamo Crutcher.
- Yo soy Alejandro. Acabo de llegar aqui y ando perdido.  Me encantan los barcos ya que vengo del norte y alli solo hay tierra y sol. Estoy buscando algun trabajo para conseguir algo de comida y cama.
 ¿Podrias ayudarme?
Crutcher me miro de arriba abajo como si me evaluase.
-Quizas estoy buscando a alguien para un asunto. Quizas podrias ayudarme. Acompañame quiero que veas a alguien. Con suerte te dara algo de comer.

Lo segui como un perro perdido a traves de callejuelas encharcadas donde las ratas cruzaban alocadamente ante nuestros ruidos. Casas agrietadas y desconchadas. Poco a poco nos fuimos alejando del puerto y llegamos a un viejo tunel que atravesaba un vertedero de escoria. Del tunel partian otros corredores laterales de dimensiones mas pequeñas.
-¿Adonde conducen?-pregunte temeroso.
-No lo se pero creo que si fuesemos por alguno de ellos acabariamos perdidos y desorientados. Muertos de hambre y de sed sin ver la luz del dia.
Ante tal perspectiva me acerque mas a mi guia.
Al doblar una curva nos encontramos a un tipo siniestro, de gesto adusto y mirada asesina.
-Viene conmigo.-advirtio Crutcher.
Al pasar a su lado adverti como lentamente una daga volvia a su funda mientras el vigilante no perdia detalle de nuestros movimientos.
Varias velas alumbraban un pasillo que acababa en una sala rectangular. Dentro un hombre sentado en una endeble silla. Apoyaba sus manos sobre una destartalada mesa que sostenia una languida vela mecida por un viento misterioso y una bolsita de piel. Apenas percibi sus cuidadas  manos y un delicado anillo. El misterioso individuo hacia todo lo posible por permanecer en el anonimato. Era de ese tipo de personas amigas de las sombras, su medio natural.
-¿Lo tienes?
-Si, Sr...
-Sin nombres.-ordeno friamente.
-¿Este es el alfeñique que nos librara de Dumas de Manqueda?
Continuara...







viernes, 23 de octubre de 2015

Capitulo 28 "Hundimiento"

Entonces por mi cabeza asomo una idea, una autentica locura. Fruto de la desesperacion y del instinto de supervivencia. En mi mente se fue formando un delirio, un absurdo parido de la adrenalina. Me agache y antepuse la daga como si fuera una terrible garra. Yonah sonrió aun ignorando que tenia preparado. Asintió con la cabeza como si fuese la señal de salida. Una huida hacia ninguna parte.  Una muralla ante nosotros, una turba de espectros de barbas descuidadas y mugrientas, costras de suciedad, en sus cuerpos  vestimentas raídas y remendadas. Una sinfín de ojos vidriosos y fijos nos observan. Nos movemos en circulo esperando el golpe definitivo del mas decidido. Cuando se apartan y ocupamos su lugar un olor de humedad agria a orín derramado lo ocupa. Por fin, el mas gallardo de los cobardes toma la iniciativa. Zas, zas. Dos golpes secos de Yonah con una vara lo deja tendido en el suelo. La gente nos cierra y nos ahoga. Busco aire para respirar. Entro en un bosque de piernas y pies, empiezo a merodear y me entremezclo. El filo rasga un tendón y un grito suena  en la penumbra. Todos miran asustados al afectado pero yo me alejo y sajo otra pierna. Cada vez que lo hago  se giran los lugareños buscando al desgraciado. Yonah tumba alguna amenaza. El ambiente se alimenta de ays y murmullos. Empiezan a creer que es un demonio de un extraño mundo. Un ser poderoso que es capaz de vencer  a un ejercito con sus manos. El jarabe del miedo empieza a hacer efecto en sus pobres estómagos. Yonah avanza, golpea, avanza y golpea. Y cada vez que lo hace alguien mas besa el suelo. Yo por mi parte sigo sumando adeptos a la liga de los cojos y cuando se agachan para ver el estado de sus heridas les golpeo el mentón con la empuñadura. Cuantos mas caídos menos enemigos, sumo y resto. Poco a poco los huecos se van abriendo. Yonah sabe que los tiene a su merced. Podría acabar con todos ellos mientras sus bocas abiertas chillan y los dientes volarían entre gorgoteos de sangre. Pero es un castigo muy duro. Los aldeanos no son soldados, no buscan orgías ni tesoros. La tragedia y la enfermedad ha golpeado sus vidas convirtiéndolos en animales asilvestrados que se mueven por necesidad. Y mientras nos alejábamos de aquellos muertos en vida tirados como fardos, abandonados en el suelo mostrando la actitud vencida que tenían ante el futuro que les aguardaba. Demostraban que habían bajado los brazos y aceptado el inquieto porvenir que se auguraba en el horizonte. Los miraba y cerré los puños de rabia jurandome a mi mismo que no seria como ellos, un vencido, un derrotado. Lucharía hasta el fin de mis días por un porvenir mejor y una existencia digna. Pero cuanto ignoraba lo que la vida misma me preparaba y tan ciego estaba que me creía mejor que aquellos harapientos guiñapos lastimeros. Cuan petulante y engreído era. A cada paso que dábamos los gemidos se confundían con el viento.  Y me parecía que todo había sido un mal sueño pero el hambre y el frío me demostraban que todo era real. Ante mi se paro Yonah en una encrucijada de caminos. Me miro solemne y dijo con voz grave:
-¿Y que planes tienes ahora, muchacho? Puedes venir conmigo yo voy al sur. Un buen amigo tiene una herrería y puede cobijarme allí hasta que sea seguro salir del país y además puedes aprender un oficio.

Me quede plantado mirando en las dos direcciones. Temiendo perder la elección correcta, como si todo dependiese de dos caminos. Iluso de mi, tan seguro estaba que no podía imaginar que a las primeras de cambio estaría hecho un mar de dudas. ¿Que decidir marchar con Yonah o probar fortuna en el norte y enrolarme y ver mundo? Ni siquiera tenia una moneda para decidir mi destino.





Hacia un día esplendido el sol refulgia entre las nubes y una suave brisa acariciaba la gallarda nave que a duras penas repelía el constante ataque que recibía. Mientras yo pensaba en salir y escapar. Mis puños ansiaban meter algunos dientes dentro de algunos pulmones. Era una labor imposible mientras permaneciese aquí atado como un perro olvidado comido por los chinches y las pulgas. Una enorme sacudida partió el mundo en dos. Una explosión nos alcanzo arrancando maderas y cuadernas por todas partes. Matando a los remeros de la primera y segunda fila. Barriendo los cuerpos hacia fuera dispersando sus restos como si un perro se quitase el agua sacudiéndose. Por desgracia no acabo ahí la matanza. Astillas volaron buscando ansiosamente un lugar donde anidar como pajaros en sus nidos. Empalando a muchos de mis compañeros que se retorcían entre gritos sangrientos y sudados. Esto era el principio del fin. Una enorme tromba de agua se anunciaba ruidosamente mezclandose con las suplicas de los condenados para que soltasen sus cadenas. Aquella nao estaba herida de muerte y nosotros eramos sus séquito al fondo del abismo. El cómitre antaño y orgulloso ahora solo era una pulpa deshecha y sangrante. Tras el embite de las armas enemigas había caído al suelo y entre varios habían conseguido retenerlo en el suelo. A pesar de que forcejeo para liberarse, todo fue inútil. El miedo no existía y la venganza era una fin muy ansiado para aquellos cuerpos castigados.  Ante tal locura no me deje amilanar. Mi mente solo pensaba en escapar. ¿Pero como?.
-¡Hermano, tenemos que romper la cadena!
Mi hermano sacudió la cabeza y cogió uno de los extremos de los remos y empezó a sacarlo. Una vez lo tuvo lo extendió cuan largo era y sin saber de donde saco las fuerzas lo rompió por la mitad.Con la suficiente cadena como para dar una vuelta en torno al remo,  descargó todo su peso sobre la improvisada palanca con un empujón breve y seco. A pesar de que estaba sujeta,  noto cómo el grillete se le hundía en los tobillos y le laceraba la carne, aunque no protestó. Lo volvió a intentar, y esta vez uno de los eslabones de la cadena se abrió un poco. Un tercer arreón lo terminó de deformar, y dio un  tirón de la cadena. Finalmente quedo libre. Sin perder tiempo realizo el mismo trabajo en mi. Una mirada de confianza y fe me permitio mantener la serenidad. Ya liberados corrimos hacia la abertura, ahora completamente por debajo de la superficie del mar. El agua fluía con menos fuerza pero igualmente imparable, a medida que el barco se iba inclinando hacia la proa y girando sobre sí mismo, rechinando lúgubremente. La inclinación de la galera era ya pronunciada. Los otros galeotes, al vernos libres, nos suplicaron desesperados que les ayudasemos a romper sus cadenas.Dude un momento mirando, pero luego comprendi que si nos quedabamos un minuto más en el barco éste nos
arrastraría al fondo. Tal vez ya era demasiado tarde incluso para nosotros. Haciendo de tripas
corazón, ignore los gritos de auxilio. Aquel moribundo escupía agua por todas partes. Nada se podía hacer por aquella nao. Su fin estaba sentenciado y por ello resignado parecía que deseaba bajar a su eterna morada mas antes que tarde.  La popa de la nave se alzaba ya sobre el mar. La parte delantera del buque seguía hundiéndose entre un remolino de espuma rosada, comprendi con terror que el color era debido a la sangre de todos aquellos que habían quedado despedazados por el choque. En cubierta sólo quedaban los gritos de los moribundos y de aquellos que trepaban por las bordas y la empinada cubierta, tratando desesperadamente de arrojarse al agua. Muchos no sabían nadar, y el resultado para ellos era el mismo que si se hubiesen quedado a bordo de la galera, pues cuando caían se iban al fondo como una piedra y ya no volvían a aparecer.
Cuando llegamos junto a la abertura,  encontré que la plataforma del cómitre estaba completamente anegada.
 Sin pararme a pensarlo dos veces me zambullí y me  sumergí hasta alcanzarla. Sobre ella estaban los barriles de agua, y  tuve que palpar en la casi total oscuridad hasta encontrar el nudo que los mantenía unidos entre sí y al mamparo. Al tirar de el, los tres grandes barriles se soltaron y me agarre a uno de ellos, que ascendió a la superficie del agua con fuerza. Finalmente emergí agarrado al barril, a poca distancia de la galera, resoplando y tosiendo. Pocos segundos después apareció mi hermano con una sonrisa horrorosa de felicidad. Pero aquello no había acabado. Comprendi enseguida que allí no estabamos a salvo. Uno de los jabeques estaba rodeando la galera, y sus tripulantes bajaban ya al agua las chalupas, provistos de largas pértigas para atrapar a los supervivientes y los restos de algún valor.
—Vamos —susurre —. Tenemos que intentar nadar hacia la costa antes que no nos vean.

Aquello era más fácil decirlo que hacerlo. Por más que nos esforzábamos, pilotar aquel
barril era imposible. Llevaba poco líquido en su interior, lo que le confería más flotabilidad
pero también lo dejaba a merced de las corrientes, que nos empujaba directamente hacia
los piratas. Desesperado miraba como se alejaba nuestra libertad y nos acercaba al infierno morisco.
En ese momento oí unos gritos, y vi como los tripulantes de una de las chalupas estaba mas que dispuesto a  capturar a los supervivientes. Por desgracia nuestra presencia no pasaba inadvertida y  señalaban en mi dirección intentando  cortarnos el paso.

Pataleaba con fuerza, pero el barril no dejaba de girar sobre sí mismo, con lo que daba vueltas en círculos.
—Maldita sea, no está funcionando. Estamos perdidos.

Continuara... 


*Agradecimientos a Juan Gomez Jurado y su obra "La leyenda del ladrón" por servirme de guia e inspiración en este capitulo sobre galeras y su terrible legado. Algunos extractos técnicos me han sido de gran ayuda para esta parte del hundimiento de la nave de El Parlanchín y como homenaje a su obra de la que soy admirador y a su personaje he culminado este entrega con el mismo final del capitulo. Novela que recomiendo encarecidamente.  Aunque a partir de aquí lo que acontezca ya sera obra mía con sus pequeños aciertos y grandes errores como el resto de capítulos de esta historia.

sábado, 8 de agosto de 2015

Capitulo 27 "Yonah"

Poco a poco la mortaja que me retenía me fue soltando y notaba como mis pulmones volvían a sentir el suave transitar del aire. Boqueaba como un pez fuera del agua intentado evitar el colapso. Era un fuelle sin control. Una gula engullía el oxigeno mientras la tierra me paria y veía como  una placenta de arcilla se desprendía en pequeña porciones.  Mis sentidos cobraban vida. Todo era un mundo nuevo. Los sonidos, los olores, la luz... y un rostro. Todavía con el miedo en el cuerpo eche mano de mi viejo cuchillo. Un herrumbrado y gastado estilete sin filo que mas infundía temor que daño. Con todo, con el ultimo hálito que da el instinto de supervivencia. Tome el arma y lance una estocada con mas fervor que fuerza. Aquel hombre amago mi intento como si espantase una mosca.

-¡Vaya! El pequeño escorpión aun tiene vida.-mientras decía esto sonrió.
Por mi parte baje los brazos dando por perdida la partida. Estaba a su merced.
-¿Donde estamos?.-dije confuso.
Ante mi se hallaba un hombre alto de unos 60 años, rostro curtido y arrugado. Algunos pelos asomaban sobre su coronilla. No parecía tener miedo, ni estar intranquilo. Tan solo estaba alerta.
-En la misma tierra donde murieron tus padres, tus amigos y tus parientes.
De pronto reacciono. Y rió a carcajadas. Una carcajada limpia, feliz, de alguien que amaba la vida y la vivía sin miedos ni coacciones. Le mire a los ojos a medida que me subía para librarme de mi sepultura y me dejaba en tierra. Sus ojos eran negros y veía que me traspasaba con la mirada. Alguien culto que la edad le había dado sabiduría y viajes. Yo era un libro abierto. Un inocente cachorro metido en una locura universal.
-¿Lo dices por mis ropas? ¿Y por mi color?
Ciertamente lo único que esperaba encontrar era un hombre tan oscuro vestido con un sencilla chilaba de elegante costura y un hatillo. A su lado descansaba un cayado bellamente labrado. Una vez me dejo en tierra. Lo tomo y me miro evaluando si tenia algún daño.
-¿Estas bien?-pregunto preocupado.
-Sip, solo tengo el susto.-dije intentando mantener la poca dignidad que me quedaba.
-Como veras soy un extranjero en tu tierra. Imagino que era lo ultimo que esperabas encontrar.
-Si, pensaba que ibas a matarme por ser infiel.
-Por desgracia a veces los que menos te imaginas son los que te pasan a cuchillo como puedes ver.
Tus propios paisanos no han dudado un momento en darte muerte.
-Tienes razón. ¿Y ahora que sera de mi?
-Puedes venir conmigo. Por cierto que descortés mi nombre es Yonah. Podía decir que soy herrero pero he viajado por tantas tierras y he trabajado en tantos oficios que ya no se que soy. ¿Y tu, muchacho?
-Me llamo Alejandro Navapotro. Todos mis seres queridos murieron y escape con lo puesto.
-Bueno, pequeño escorpión. Si quieres puedes acompañarme. Conmigo no tendrás lujos pero no te faltara aprendizaje y un estomago caliente.
Entonces mire a mi alrededor. Los labriegos estaban de vuelta para ver el resultado de su caza. Querían rematar la faena.
-Mirad, ese bastardo ha sacado al crio.
-¡Matemosles!
Poco a poco se iban envalentonando armados con sus aperos y sus herramientas. Guadañas, orcas y hoces brillaban siniestramente con las luces de sus antorchas.

Yonah me miro preocupado.
-¿Tienes algo mejor que ese juguete?
Negué avergonzado.
Yonah hecho mano a su cintura y saco una bella daga dorada.
-Espero que sepas utilizarla.
Asentí seguro. Lo que menos quería era que me viera flaquear aunque fuese mi ultimo acto en vida.
El circulo se fue cerrando como unos manos ahogando una garganta con la idea de asfixiarnos.
-Hijo, ahora ganate el pan. Demuestra lo que vale un pequeño escorpión.


Un estruendo nos despertó a todos atemorizados nos miramos unos a otros. Murmullos y voces ahogadas conjuraban que podía suceder. Mi hermanastro empezó a tirar de las cadenas intentando romper la barra que nos unía al madero. Era inútil. Por mas respuesta fue un latigazo de nuestra pesadilla. Un hombreton musculoso hasta lo indecible. Con su andar pomposo y su mirada glacial nos dirigía con puño de hierro. Nada escapaba a su mirada. Parecía haber nacido en este barco y mamado este oficio. Cruel donde los haya disfrutaba ser amo y señor de su pequeño reino.  Cualquier infracción era castigada, daba igual si fuera leve o grave ya que su coste era altísimo. Todos llevábamos su marca en nuestro cuerpo. A veces se regocijaba mientras nos miraba de forma altanera mientras metía su látigo en agua con sal. Aquel hombre amaba su profesión y a todos sus galeotes. Sabia como llegar a viejo en este odiado oficio. Un trabajo sucio, desagradable y peligroso. Pero también sabia que era una de las personas mas importantes de la nave. El controlaba la velocidad de la nave y el éxito de un ataque o el esquivar cualquier peligro que se avecinase. Ninguno de esos petimetres uniformados se atrevía a bajar a su reino a decirle como hacer su labor. No se atrevían, no querían acabar como eternos invitados a su sección.

Por desgracia su reino tenia los días contados.
-¡Deprisa, haraganes! Os daré doble ración de agua salada con "La justicia"  si no os movéis.-mientras levantaba el brazo y agitaba el látigo también conocido con ese apodo.
Tras su paseo de rigor se acerco a su sitio de descanso. Un lugar con una silla de piel y cojines y una vasija de plata con una cazoleta para beber. Sudoroso y exhausto tras aplicar el justo correctivo a los desdichados remeros. Tomo la cazoleta y se la acerco a los labios mientras miraba poderoso a esa masa de fracasados. Apenas bebía pero dejaba que el agua corriese por su boca y se derramase por el suelo.
-¿Alguien tiene sed?.-decía mientras en su rostro se pintaba una risa cruel. Por suerte su tortura psicológica duro poco.
Un infante imberbe bajo con el rostro contraído y blanco como la cal.
-Hay que ir mas deprisa. Nos esta atacando la escuadra de Dragut.

Estábamos muertos, Dragut era destacado corsario y almirante otomano a las ordenes del sultán Soliman. Soliman era un enemigo declarado de Occidente y seguramente acabaríamos bajo el agua o pasados a cuchillo.  

Continuara... 

domingo, 9 de junio de 2013

Capitulo 26 "Renacimiento"

Su pequeño cuerpo deambulaba sin rumbo por el camino. Famélico y cansado arrastraba los pies con la esperanza de encontrar cualquier cosa que llevarse a la boca. La muerte negra había azotado su pueblo. Su familia, sus vecinos, todos cayeron ante ese castigo divino. Las fiebres y las toses, las bubas y los esputos de sangre empezaron a ser compañero habituales. Las cruces rojas se acumulaban una casa tras otra. Y los muertos que no morían de la peste se suicidaban estampando su cabeza contra las paredes hasta que se reducían a pulpa. No viendo otra salida el terror se adueño de su corazón y salio corriendo sin mirar atrás. No quería que el jinete de la peste fuese a por èl. Se juro a si mismo que no seria presa de la guadaña. Un juramento difícil en tierra de nadie. En un mundo extraño y desconocido que solo iba a descubriendo a medida que sus pasos desbrozaban lo incógnito. Por fin a lo lejos formas conocidas se presentaban ante su mirada. Casas, animales, gentes... Un boceto indefinido de acogida y protección.  Llegando ante el deseado lugar descubrió a pocos metros unos zanjas al lado del camino. Una de ellas parecía tener la tierra todavía removida como si hace poco tiempo que hubiera sido apilada allí. Junto a a ella otro nicho en cuyo interior caídas por accidente estaban algunas manzanas. El apetito rugió en su estomago al ver tan apetecibles viandas. Tan absorto estaba en las frutas que no vio venir el tremendo golpe que lo elevo por los aires y que lo acabo insertando en el surco con la comida. Con la cabeza dolorida y sangrando era imposible pensar que aquello era una maldita trampa. Intento incorporarse pero su cuerpo se negó y acabo hecho un ovillo mientras la tierra caía sobre el desde distintos sitios...

Alejandro despertó de golpe ante el sueño recurrente se toco su recién afeitada cabeza donde una vieja fractura permanecía como un doloroso recuerdo de su niñez. Volvía a la realidad de nuevo. Miraba la gran plataforma a proa sobre la que había un banco. De allí arrancaba una pasarela que se perdía en la oscuridad. Donde solo veía filas de cabezas mudas.  Estaba en galeras y a su lado un giganton. Su hermanastro cuyo rostro estaba tocado por una mascara que ocultaba su nariz y bordeaba su boca de la cual solo escapan extraños gemidos. Proyectos de palabras ininteligibles que morían en sus labios porque cuando salían al aire desfallecían y se volvían en flácidos sonidos que se desvanecían ante la incomprensión de sus compañeros. Y así pasaban los días entre heces, muerte, sudor y sufrimiento. Comiendo inmundicias y reservando las fuerzas. Cuando su jornada acaba caía agotado y volvía a la oscuridad de ese oquedad donde llovía barro y arcilla. Recordaba que se hizo un ovillo mientras el mundo se desplomaba sobre èl. Sabia que una vez cubierto tendría muy poco tiempo. Pero el pavor también a veces es un buen aliado. Ante de salir de su desaparecido hogar metió entre sus calzas el viejo cuchillo de su abuelo. Con gran esfuerzo fue moviendo la tierra todavía fresca y como si fuese un topo horada la tierra. La noche vislumbro una pequeña manita negra y agrietada seguida de una cabezita. La Madre tierra paria un nuevo hijo que caía derrumbado por el esfuerzo. Aquel pequeño desconocía la locura y la sinrazón. El recelo y la desconfianza hacia que los lugareños preparasen trampas para aquellos que venían de otras poblaciones y los enterraban vivos. Cruel forma de evitar contagios y racionar alimentos. Por suerte la diosa fortuna fue magnánima con este chiquillo que era observado con atención por unos viejos ojos. Unos ojos profundos y sabios que a pesar de todo era capaz de sorprender ante la vileza del ser humano.

Continuara...

martes, 4 de junio de 2013

Capitulo 25 "Condena"

-¡Padre!! ¡¡Padre!! ¡¡Noooo!!!!.-mi hermanastro gritaba mientras agitaba el cuerpo sin vida de mi recién conocido padre. En su mascara mortuoria se adivinaba la sorpresa de su abrupto final.

-¿Te has preguntado si los demás tienen miedo a la muerte? Alguien ya no.

Apenas acabo de decir estas palabras y un grupo de infames empezó a rodearnos.

-¡ No has vendido, maldito traidor!

-Bueno vendido suena muy mal. Digamos que ha sido un intercambio comercial.

-¿A que miserable mercader  has dispuesto nuestras vidas, Judas?

- A mi. Y he de decir que ha sido una alianza muy beneficiosa para ambos.

Esa voz, esa maldita voz. Volvía a mi. A mis recuerdos. El Cardenal Gris salia de entre la turba de soldados. Tranquilo, sosegado y amenazador.

A su lado los hombres tomaron posiciones y apuntaron sus arcabuces hacia nosotros. Aquello pintaba mal. No teníamos escapatoria. Nadie saldría de allí para contarlo.
Draco dejo con respeto y cariño el recuerdo todavía caliente de su progenitor. Y avanzo hacia nosotros.

-Ahora vereis como cae un guerrero.

-Naturalmente no he venido solo. Un amigo insistió en acudir a este acontecimiento.

Mis ojos bailaban entre la duda y la sorpresa.

El Cardenal Gris con su  elegante mascara blanca con una moneda de oro en la frente quizás invocando a la fortuna o mostrando su status en este mundo,  ocultando su siempre secreto rostro.

Miro hacia atrás oteando entre los soldados que había en su retaguardia y movió la mano animando a alguien para que se adelantara

 -Cancerbero, no seas tímido. Unete a la fiesta. Alguien quiere verte.

-¡Oh, mierda, Cancerbero! Ese loco esta aquí y desenfrenado. Mi llagado traidor sonreía ante mi congoja y desconcierto.

-Vaya, vaya. El titan loco viene a por ti. ¡Uhh, que miedo! Ja, ja, ja.

Cuando me  di cuenta mi cuerpo volaba en el aire. Al caer al suelo todo fue humo, pólvora y balas.

Después la oscuridad.

Un manojo de dolor y un tintineo fueron los primeros avisos de que volvía a la vida. Sentía el frío suelo y a mi lado una especie de fardo. Intente incorporarme pero algo tiro de mi tobillo. A duras penas me incorpore y vi una cadena con una argolla que nacía en la pared y moría en mi pierna. No estaba solo. Alguien unido a mi me daba la espalda. Deduje que por su consistencia y fortaleza solo podía ser Draco.

-¿Draco? ¿Draco? ¿Estas bien?

Mientras decía esto le di la vuelta para ver su estado.

-¡Dios santo!

-Si, no ha quedado muy bien. ¿Verdad?

Gire mi cabeza hacia donde venia esa voz. Era nuestro traidor.

-Como sabes Cancerbero es bastante efectivo en su trabajo. Me imagino que como estabas inconsciente no sabes lo sucedido.

Intente acercarme a ese malnacido pero un fuerte tirón me recordó lo limitado de mis movimientos.

-El grandullón te protegió pero no era una amenaza para esa bestia. Lo cogió, lo inmovilizo y zas...

Ese zas que tan alegremente decía englobaba que Cancerbero reducio a Draco y de un tajo secciono su nariz y la lengua.

-Pero no te creas que fue el único que salio malparado. Un pobre desgracio que se animo a ayudarlo mientras le sacaba la lengua para ayudarle no volverá a coger una espada en su vida. Bueno ni nada mas. En fin, gajes del oficio.

Mientras decía esto hablaba como si fuese un suceso sin importancia, algo nimio que tuviese fácil solución.

 - Bueno te dejo creo que tienes visita. Luego nos vemos.

Y se marcho como si fuésemos dos buenos amigos que en un rato nos volviéramos a encontrar en cualquier taberna de mala muerte.

-Hola, Alejandro.

Una voz profunda y gutural lleno la celda. Y mi cerebro empezó a mostrar imagenes de torturas, veneno y perdidas amorosas.

-Siento lo sucedido. Yo no entre en tu vida, tu entraste en la mía.

Dos sicarios aparecieron de la nada. Eran enormes y grandes. Me asombro que su mirada era neutra, mostrando sus ojos sin vida pero sus cuerpos  se movían con una facilidad como si aquello no importara. Abrieron la celda y me sacaron de mi confinamiento. Agradecía que al menos por un momento me librasen de aquel grillete.

Subimos por unas escaleras y llegamos al puente. Allí vi la magnificencia de aquel barco. Un palacio flotante de mármol. Ni en mis sueños mas lujosos hubiera imaginado tal derroche de ostentacion y opulencia. Todo ello unido a la grandiosidad de su tamaño. Un barco de 70 metros de eslora y 20 de manga. Eran tan largo como 14 elefantes uno detrás de otro. El Cardenal Gris se mostraba orgulloso de su obra.

-Si no te hubieras inmiscuido en el atraco a aquel comerciante no habrías obtenido mi atención.

Aquel hombre portaba una importante información y tu  desbarastaste todo el plan. No se si fui algo consciente o no pero ya no importa.

-¿ Porque me cuenta todo esto?

-Simplemente quiero que disfrutes del sol ya que sera la ultima vez que veas la luz del día. Tu y ese tullido vais a galeras de por vida. Comerás, respiraras, vivirás y morirás en la oscuridad. En el vientre de un hediondo barco hasta que no puedas mas y cuando eso llegue seras pasto de los peces.

Acompañado por los dos guardias me dirigía de nuevo a mi cautiverio. Pensé en  escapar pero por una parte la sombre de Cancerbero pesaba sobre mi espalda y por otro no quería dejar solo a mi hermano.

-¡Llevaoslo!

Una mascara me miraba imperturbable pero mientras me alejaba veía una sonrisa de satisfacción.

Una sonrisa que tarde o temprano iba a borrar cuando rompiese ese cascaron que la ocultaba. Ese hombre tenia poder y me la había transferido. Era el poder de la venganza la excusa perfecta para aguantar mil tormentos. Una razón para vivir hasta el limite. Ahora tenia una misión.

Continuara...



domingo, 19 de mayo de 2013

Capitulo 24 "LLagas y pustulas"

El recién llegado mostraba un cuerpo lleno de bubas y pústulas. Cualquier roce en su herida, su aliento, la cercanía significaba un muerte segura lenta y dolorosa.

Mientras nos miraba a todos con un odio visceral. Saca su espada y deslizo la hoja por las heridas que tenia en su cuerpo. Ya de por si era mortífero luchar con este desequilibrado ahora había subido el nivel de su ponzoña. El mínimo roce de su hoja con una herida abierta era una sentencia de muerte.

- Vamos, ¿quien es el primero?. No dicen que somos todos de la misma sangre puesto esto no creo que signifique ningún problema.-mientras decía esto mostraba el arma con la sangre resbalando por su filo.

Draco iba a adelantarse para acabar con la amenaza. Su odio deformaba su rostro y su voz era un cumulo de emociones.
-Vamos a terminar con esto de una vez por todas.

No podía permitirlo. Draco era necesario en las empresas de mi padre. Dando un paso adelante me interpuse en su camino.

-Dejame a mi. Si muero vengame y cuida de padre.

Una risa estridente sonó a nuestras espaldas a la vez que unos aplausos rompían la intensidad del momento.

-Enternecedor pero nos preocupeis dentro de un momento tendréis una celebración o... un funeral. Veamos que nos depara el destino.

El renegado se puso en guardia con una sonrisa triunfa. Después se puso plantado de forma firme con los pies rectos.  Alejandro noto la energía de su contrincante en cuanto las hojas se tocaron. Vibraban nerviosas lanzándose golpes y amagos aguantando la respiracion. La mejor manera de enfrentarse a su rival era mantenerse en su sitio aguantando todos los asaltos donde se juntaban los jadeos y las fintas que cortaban el aire. Su enemigo tiraba un amago en corto detrás de otro a lo que el joven respondía con una leve inclinación del ángulo de la guardia, así tapaba y bloqueaba cualquier entrada. Estocada tras estocada buscando el pecho o los riñones. Ya que aunque solo fuese la primera sangre el resultado seria fatal. Esto obligaba a estar muy a atento a Alejandro. No quería acabar con un pulmón perforado y escupiendo sangre. Por dos veces detuvo la entrada en tercera. Amagando y desviando. Se olvido de los tensos espectadores que como convidados de piedra permanecían detrás de él expectantes. A punto estuvo de ensartar a su rival pero increíblemente se deshizo en un ágil movimiento que dejo al joven expuesto. El acero paso rozándole justo donde acaba de estar. Alejandro paro un momento. Sabia que podía estar mucho tiempo así ambos eran espadachines consumados y el triunfo no vendría de su pericia sino de la suerte y el cansancio.  Hastiado lance mi espada contra él. Sumido en seguir la trayectoria de la amenaza aérea no se percato de que iba otra mas. Mas peligrosa y enfurecida. Por suerte mi treta dio resultado. Salte con todas mis fuerzas pillándole indefenso. Lo tire contra el suelo me abalance sobre su cuerpo. Empecé a golpearle la cara.
Sonriente me miro.
-Veo que no tienes miedo a la muerte.
-No cuando esta resulta falsa. Al principio no me di cuenta pero luego lo vi. Tus bubas y tus pústulas son tan falsas. Este truco ya lo he utilizado antes. No sudas,  ni toses. Y tus movimientos son rápidos para alguien que esta al borde de la muerte.
-¡Oh, eres un tipo listo! Pero yo también tengo algunos trucos en la manga.
Un disparo rompió nuestra conversación. El renegado no mostró sorpresa solo un gesto seguro como diciendo: Lo ves.
-Como te dije tendréis un funeral que celebrar. ¿Sabes? Nunca empiezo una guerra que no puedo ganar porque por suerte el diablo siempre cuida de los suyos. Y yo soy uno de ellos.

Continuara... 






lunes, 18 de febrero de 2013

Capitulo 23 "La llegada"

Por suerte los dioses nos fueron favorables ningún percance perturbo el resto del viaje. Todo esto contribuyo a mi rápida recuperación y conocer mejor a mi recién llegado padre. Quizás no recuperasemos el tiempo perdido pero si sirvió para hallar la manera de compensar el que nos quedaba.  Supe que mi promiscuo creador me había regalado mas hermanastros aunque el mismo reconocía que dada su agitada vida no sabia cuantos y algunas veces desconocía si eran suyos o no.

Allí donde nos dirigíamos estaba uno de tantos. A medida que ese hilo invisible que atraía el barco hacia puerto yo estaba hecho un mar de dudas. No sabia como afectaría en nuestra relación el conocer otros como yo. Y si dicho hermano aceptaría de buen grado mi llegada y que pensaría que un total desconocido usurpase su sitio. Por suerte en breve todas estas incógnitas quedaran desiertas.

Tras el aviso del vigía la isla apareció en todo su esplendor. Un vergel denso se extendía ante nuestros ojos como si fuese un paraíso en la tierra. Un lugar donde la belleza escondía una verdad a medias.

Porque por mucho que mi padre negase la existencia de enfermos y moribundos abandonados dentro de mi algo decía que en el fondo esa tragedia se palpaba en el aire. Finalmente llegamos a una cueva natural escondida tras la vegetacion. Un sitio perfecto para esconderse y no ser nunca descubierto.

Que además contaba con el tamaño adecuado para que un barco de estas dimensiones navegase sin peligro. Al acabar nuestro trayecto un grupo de hombres nos esperaba delante de ellos un gigante inmenso lleno de tatuajes me miraba con curiosidad. Era sorprendente. Enfundado en su cuerpo iba una especie de chaleco de cuero donde descansaban varias puñales siniestros que cruzaban su pecho.

-Ese es mi hijo y tu hermanastro Draco.-me contó mi padre emocionado. Por desgracia el tal Draco no mostraba tanta alegría.- Se ganaba la vida como luchador en peleas ilegales. Allí fue donde lo encontré.

Pensé que no lejos de donde lo debió concebir. Burdeles, lupanares y arenas de lucha donde todo vale. Realmente nuestro mundo no era muy distinto. Una vez dispuesta la rampa bajamos al encuentro de nuestra comitiva. El patriarca extasiado por la reunión alzaba los brazos y corría al encuentro de su vástago. Tras el caluroso abrazo llego el turno de nuestras presentaciones.

-Te presento a Alejandro, tu hermanastro. Este es Draco.

Aquella torre de músculos me abrazo con una sonrisa que helaría el infierno y acercándose a mi oído recibí su calurosa acogida.

-No eres bienvenido, hermano.

Después se giro con grandilocuencia alzo los brazos y miro a todos los acompañantes.

-Hoy es un gran día ya que el destino nos ha traído uno de los nuestros. Uno que lleva la sangre que nos une.  Ese vinculo bastardo que nos ata con la cadena del mas pérfido y mujeriego pirata que conocen en estas aguas. El gran Laurens de Graff.

Todos vitorearon su nombre. Mientras mi hermano se daba la vuelta y descubrí que tenia las espaldas bien cubiertas. Dos machetes descansaban enfundados. Pensaba que este hombre tenia que ser así para llevar semejante peso en metal.

-Creo que sera mejor que os adelantéis y descanséis ha sido un largo viaje. Nosotros nos encargaremos de todo. Ya tendremos tiempo de conocernos.-dijo Draco.

Ese conocernos no me sonaba muy bien. La verdad no tenia muchas ganas de estar a solas con mi hermanito. Supongo que su concepto de estrechar amistad seria achicar mi cuello con sus manazas.

-Sabia elección, hijo mio. Este viejo necesita reposo ya no es el bravucon de antaño y Alejandro todavía no esta recuperado de su accidente.

Torturarte, envenenarte y enterrarte es una descripción muy ligera de accidente. Pero ahora no tenia ganas de entrar en diatribas lingüísticas.

Mientras andábamos un hombrecillo menudo de piel aceituna y pelo pegado venia corriendo. En sus ojos había terror y gritaba escandalizado.

-¡Amo! !Amo¡

Cuando llego a la altura de mi padre se arrodillo ante el y empezó a besarle la mano. La verdad que el gran Laurens tenia una isla para el solito pero nunca me hubiera imaginado que lo tuviesen como una deidad.

-Domeinos, tranquilizate. Y deja de besarme no soy una maldita ramera en celo.

El pobre hombre aturdido se paro de repente y miro a mi padre.

-Ya viene, amo.

-¿Quien viene?

El recién llegado se quedo blanco y mudo sin saber que contestar.

-Maldito idiota. ¿Quieres que lo adivine? No tengo todo el día.

Tras escuchar esto se levanto como un resorte y se pego a su oreja. A medida que hablaba el rostro del dios iba cambiando de color y crispandose. Tal era su furia que tiro al suelo al pobre Domeinos y en un instante tenia el filo de una espada a milímetros de su cara.

-Dije que jamas volvieses a decir ese nombre bajo pena de muerte.

El condenado se llevo las manos a la cara. Suplicaba y lloraba.

-Perdón, amo. Pero no sabia como decírselo.

-Esta bien levanta sabandija y ayuda a los demás.

Draco dándose cuenta de lo que estaba pasando se acerco hasta nosotros y nos miro de forma grave.

Laurens cogía por ambos brazos al giganton y lo miro intentando tranquilizarle.

-El Renegado viene hacia aquí.

Al oír este nombre el hombreton se desprendió de su padre y lo miro con la ira de un titan.

-Te lo dije.

Mientras señalaba a su padre.

-Tenia que haberlo matado cuando tuve oportunidad. Es una víbora y ahora trae su veneno.

-Amo, mirad allí.

Un hombre vestido con un sayo de franciscano y portando una espada bajaba de forma tranquila y pacifica como meditando. A pesar del calor su cabeza se escondía tras una capucha. No entendía como alguien podía ir totalmente cubierto en un día tan caluroso.

Draco echo mano a sus machetes dispuesto a zanjar el problema de una vez por todas. Saco sus armas y las cruzo delante de su pecho.

El renegado con su paso cansino llego hasta nosotros. Era un tipo atletico y musculoso pero delgado y fibroso.

-No esperaba este recibimiento por parte de mi padre y de mi hermano. Y menos ante un desconocido que no nos ha sido presentado.

-Tu ya no eres nuestro... digo mi hermano.

-Ops, vaya no sabia que teníamos reunión familiar. Si lo llego a saber me hubiera puesto mis mejores galas. Veras he visto como fondeaba el barco y tenia curiosidad ante tanto jaleo.

-Marchate o muere.-dijo Draco levantando sus machetes.

-¿Esto es lo que quieres, hermano?

-No eres mi hermano. Nos traicionaste. ¿Lo recuerdas?

-Bueno, no hablaba contigo. Pero nunca se decir no a un buen duelo antes de comer.

El renegado se giro dándonos la espalda se alejo unos pasos hasta llegar a un árbol cercano.

Tranquilamente se quito el sayo quedandose con unas ridículas calzas que tapaban sus verguenzas.

-Veamos lo valiente que eres.- decía mientras nos daba la espalda.

El retado se volvió y Draco quedo petrificado ante lo que mostraba su oponente.

-¿Aun quieres seguir con esto, grandullón?

Continuara...








jueves, 15 de noviembre de 2012

Capitulo 22 "Respuestas"

Cuando abrí los ojos mi mundo había cambiado. Era como la pésima versión de un conquistador en una nueva tierra. Mecido en un camastro y en un lugar que no conseguia identificar. A mi lado un viejo con un raído traje como si fuese un pirata en la ruina. Su rostro ajado y cansado con esos ojos que demuestran que han visto mucho y quizás demasiado. Arrugas que se ganan con la desesperanza y la vida dura. Donde la sabiduría y la experiencia se gana a base de golpes traicioneros y puñaladas inesperadas. Por extraño que parezca me miraba con un amor infinito como si fuese alguien a quien apreciase mucho. Quizás era aquella estancia, donde la luz nos inundaba dando una sensacion de paz que hacia tiempo que no conocía.

-¿Donde estoy?

-Estas a salvo.- dijo el hombre.

A salvo. Eso era un concepto muy ambiguo. ¿A salvo de que? ¿ de quien? ¿Como puedes estar a salvo cuando no sabes donde estas?

-¿Es un barco? ¿como he llegado aquí?

El hombre se llevo un dedo a los labios mostrándome varios anillos que portaba orgulloso fruto de muchas batallas ganadas.

-Ssshh... Ahora debes descansar. Ya tendremos tiempo para ponernos al día y responder tus preguntas. Se que quieres respuestas pero estas muy débil.

-¿Y los demás?

El negó con la cabeza y la bajo en señal de duelo mientras cerraba los ojos. Presa de mis sentimientos me dejo solo. Sabia que mi duelo era algo privado e intimo. En soledad llore y desterré las lágrimas de mis ojos a medida que pasaban los días y el vigor entraba como un torbellino por cada poro de mi piel. Hasta que por fin logre levantarme y pude mirar cara a cara a mi cuidador. Era tiempo de saber, de llenar las lagunas de mi mente.

Suspiro profundamente como si estuviese a punto de quitarse un gran peso de encima. Un peso que debía llevar mucho tiempo hundiendose en el fondo de su corazón.

-Se que va sonar estúpido...-sonrió con amargura.- La verdad es que no se por donde empezar. Mi nombre es  Laurens de Graff. Era parte de los Mendigos del Mar un grupo de corsarios que atacaba a mercantes extranjeros gracias al beneplácito del rey y la Iglesia.

-¿Eres un pirata?

-Ahora si. Fue el corsario mas joven y temerario de la flota. Pero la envidia es un gran activo y alguien me traiciono. Huyendo de aquí para allí conocí a tu madre. Por desgracia mi herencia es la muerte para mis seres queridos y fue apresada por complice para después ser ejecutada por traidora. Por suerte fue lista y antes de que la apresasen te escondió en un lugar seguro. Tenia buenos vecinos...

-¿Eres, eres mi padre?

-Si, siempre seguí tus pasos gracias a mis contactos. Supe de tus andanzas en la guerra y tu vida vagabunda. Pero aun asi no se tu nombre,  ¿como te llamas?

-Nunca tuve un nombre. Mi madre siempre me llamaba con apelativos cariñosos y los vecinos me decian chico o muchacho. A medida que fue creciendo fui cambiando de nombres. Ya sabes la milicia, el juego, las deudas...

 - Tu madre se llamaba Alexandra. Me encantaba ese nombre. Un nombre que me recuerda a su perfume entre otras muchas cosas. Creo que seria un homenaje a esa gran mujer que ambos conocimos llamarte Alejandro como el conquistador.

Mientras decia esto miraba al infinito. Un tiempo pasado donde tenia a la mujer que amaba y era el terror de los mares.

-Alejandro es un buen nombre me gusta. Me gusta tener algo que me evoque a ella.

-Era una gran mujer.

-¿Porque hasta ahora no he sabido de ti?

-No podía acercarme a la ciudad y si alguien sospechaba podía apresarte.  A ti, a mi...

-¡¡Nunca me ayudaste!! ¡¡Ni te preocupaste por mi!!

-Eso no es cierto. Mis amistades siempre trabajaban en tabernas y lupanares . Te observaban y te
vigilaban. Nunca te falto una cama y una comida.

Era cierto. Ahora comprendia muchas cosas. No era mi encanto personal lo que me ayudaba en tales sitios.

-Creo que el Cardenal Gris fue quien urdió mi caída y te descubrió. Cuando te apresaron conseguí meter a uno de los mios. Fue quien te administro el veneno antes de ser interrogado. Tan solo hacia falta parecer muerto para sacarte.

-¿ Y la chica? ¿Honor?

-Cuando te desenterramos había otra cuerpo, una mujer. Le habían quitado la cara. Supongo que seria ella.

La ira encendió mi rostro y cerré mis manos hasta que sangraron. No sabia explicar lo que sentía pero quería matar a ese cardenal y tener su cuello entre mis manos.

-Ahora vamos a nuestro refugio a Isla Peste.

-Esa es la isla donde mandan a los enfermos y moribundos a morir.

-Si, bueno... es una vieja leyenda de la que me siento orgulloso. Así nadie nos molestara.

-¿Para que? Ver como me envejezco y mi cuerpo se enmohece. No deja de ser otra cárcel.

Mi padre me guiño un ojo y saco una extraña llave con una empuñadura con forma de ocho.

-Tengo un plan. Es hora de preparar nuestra venganza.

Continuara...










viernes, 7 de septiembre de 2012

Capitulo 21 "Exhumación"

-¡Cavad cavad, malditos!-aquella cavernosa voz proveniente de la bestia de ébano cortaba el silencio de la noche.

Mientras porciones de tierra volaban hacia al aire abandonando su vertical posición.


-Pero señor, ¿porque no hemos acabado con esos malnacidos cuando hemos llegado?.

-¡Maldito idiota! Cuando subas aquí cogeré tu enclenque gaznate bebedor de ron y me haré un catalejo con el.

El afectado trago saliva y callo mientras aceleraba su trabajo. Pasados unos instantes algo apareció en la fosa lo bastante interesante para que el hombre volviese hablar.

-Señor, aquí tenemos algo.

El giganton asomo su cuerpo al abismo.

-¿Hace falta que te pregunte?¿O me vas a mantener en ascuas hasta que tu cerebro decida funcionar?

-Esta boca abajo. Espero que le de la vuelta.

Un segundo después el misterio era desvelado.

-Por los pechos de Sorley...

-No seas maleducado. Un poco de respeto a los difuntos.

Acerco una pequeña luz al fardo desenterrado.

-Es una mujer con un vestido de tabernera.

El jefe indico un gesto con su mano y al instante dos mandados bajaron para subir el cuerpo. Al levantarlo se dieron cuenta de un horrible hecho.

-¡Dios Santo! No tiene cara... Se la han arrancado. ¿Quien es capaz de hacer algo tan mezquino a una mujer?

El de arriba permanecía impasible sabiendo la respuesta. Sabia que iba por buen camino.

-¡Esperad aquí hay otro!

-¡Pues claro, ese es el que nos interesa!

Finalmente lograron sacar el segundo cuerpo del agujero. Y lo dejaron con cuidado en un carromato. Mientras la malograda mujer era engullida de nuevo por el oscuro nicho para su descanso eterno.

Todos se acomodaron en el desvencijado vehículo y con la complicidad de la noche fueron alejándose del lugar.

-¿Es posible que este hombre este vivo? ¿Y porque lo enterrarían?

Un cuchillo rasgo la garganta del curioso ante su sorpresa. El titan se levanto y propino una patada que lanzo a su víctima a la cuneta. Después se sentó y miro a los demás.

-¿Alguna pregunta mas?

Los aludidos se miraron silenciosos y después al jefe. Mostraron su mas absoluta indiferencia y volvieron a mirar al suelo sumisos. Nada les importaba mas que sus vidas. Para ellos aquella noche nunca había existido. Fueron acercándose al puerto y llegaron al punto mas lejano donde una imponente galeón esperaba su momento para hacerse a la mar.

Por fin alcanzaron la entrada del barco donde una rampa esperaba su ansiada carga.

No tuvieron tiempo apenas de aligerar el carro cuando un hombre con una inusitada urgencia se situó apenas sin resuello a su lado. Preocupado miro a la negra montaña directamente a la cara intentando hallar una respuesta sin palabras. Una cara impasible le devolvía la mirada. Ante la ausencia de una resolucion satisfactoria pregunto:

-¿Que tal esta mi hijo?

Continuara...